1,4 Millones de dominicanos duermen bajo techo ajeno: la propiedad se marchó del caribe

República Dominicana ha convertido el alquiler en su forma natural de vida: el 42,5 % de las familias paga renta mes tras mes sin que la llave les pertenezca. El motivo es un déficit habitacional que ya roza los 1,46 millones de viviendas y que condena al 39,3 % de los hogares a vivir de prestado, según el último anuario de la CAF.

La cifra habla por sí sola: casi la mitad de la población no tiene casa propia. La Encuesta Nacional de Hogares Enhogar 2024 eleva el porcentaje al 48,9 %, un baldón que el país arrastra desde que el crédito hipotecario se volvió un privilegio. Con una morosidad del 0,62 % y más de 6.000 millones de dólares en cartera, la banca dominicana muestra músculo, pero cierra la puerta a quien no puede demostrar ingresos formales.

El trabajador informal paga renta pero no construye patrimonio

El 54,8 % de la fuerza laboral sobrevive en la economía gris: vende, repara, transporta o cuida sin contrato. Para ellos, la cuota inicial de una vivienda social es una quimera y el historial crediticio, un documento en blanco. El CAF lo resume en una frase demoledora: «La informalidad dificulta el acceso al financiamiento». Traducido: pagan religiosamente su renta, pero esa mensualidad nunca se transforma en ladrillo propio.

El déficit no es solo cantidad; también es calidad. De las 1,46 millones de viviendas que faltan, 391.623 son cuantitativas —simples ausencias— y 1.073.372 cualitativas: techos que se filtran, paredes que se derrumban, barrios sin agua ni alcantarillado. El país cuenta con 3,7 millones de hogares que albergan de media 2,9 personas cada uno. Hacer la multiplicación es fácil; lo complicado es explicar por qué una nación que crece al 5 % anual sigue condenando a sus hijos a vivir de alquiler.

Microcréditos y garantía estatal, las únicas llaves que quedan

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El informe de la CAF no se queda en el diagnóstico; desgrana salidas. Apuesta por microfinanzas y cooperativas que presten montos pequeños para compra o mejora de vivienda. Propone fondos de garantía estatal que cubran el impago de los más pobres y descongelen la prudencia bancaria. Y, sobre todo, ordena mirar la ciudad que ya existe: rehabilitar la vieja, aislar el calor, resistir los huracanes. Construir nuevo solo donde no quede otro remedio.

La propiedad se ha marchado del Caribe, al menos para la mitad de sus habitantes. Mientras tanto, el alquiler sigue siendo la única ventana que se abre cada noche. La llave, por ahora, sigue en manos del casero.