20 Cadáveres y un pueblo en llamas: así acabó la fiesta la ra-ra en haití

La música de tambores aún no había callado cuando los fusiles empezaron a cantar. Eran las cuatro de la madrugada del domingo y en Jean-Denis, un pueblito de Artibonite que apenas aparece en los mapas, la gente bailaba La Ra-Ra, la fiesta que cada Semana Santa devuelve el alma a haití. Entonces llegó Savien: camionetas sin placas, fusiles de asalto, antorchas. Veinte cadáveres quedaron tendidos entre los tambores. Las casas se volvieron hogueras. El humo, testigo mudo, se elevó hasta tapar la luna.

Lo que nadie cuenta es cómo los atacantes conocían el recorrido exacto del desfile. La procesión zigzagueaba entre las calles de tierra con sus gigantes de papel maché y sus cornetines improvisados. Los hombres de Savien —algunos con pasamontañas tejidos por sus madres, según luego dirían los supervivientes— cerraron las dos salidas del pueblo antes de abrir fuego. No hubo orden de disolución, solo ráfagas. El objetivo era el terror, no el territorio.

El saldo que las autoridades no quieren firmar

El gobierno local sigue sin publicar lista oficial de víctimas. La cifra habla por sí sola: 20 muertos contabilizan los vecinos, 53 casas reducidas a esqueletos de barro y corrugado, cientos de desaparecidos que ya no contestan el teléfono. El hospital de Gonaïves, a 40 km, colapsó antes del mediodía. Faltan bolsas para cadáveres, faltan camillas, faltan antibióticos para los heridos de bala que llegan en pick-ups atestados de gente que aún lleva confeti en el pelo.

En el patio del centro de salud, Micheline Joseph espera noticias de su hijo de 14 años. «Me dijo que iba a tocar el tambor para ganarse unos gourdes. Ahora solo encontré su zapato derecho», susurra mientras aprieta el cuero contra su pecho como si fuera un relicario. A su lado, un anciano repite el nombre de su hija embarazada: «Dieula, Dieula», hasta que la palabra se deshace en sollozos.

Savien, la banda que cobra impuestos de sangre

Savien, la banda que cobra impuestos de sangre

El grupo criminal nació como un puñado de exsoldados desmovilizados hace una década. Hoy controla 12 comunas de Artibonite, el granero de haití. Su líder, alias «Ti Savien», impone peaje a los agricultores: 500 gourdas por cada saco de arroz que cruza la carretera 1. Quien se niega, arde. La ONU lo señala desde 2023, pero sus hombres transitan a plena luz, con radios Kenwood y fusiles AK comprados en puertos colombianos que llegan por mar en contenedores de plátano.

El ataque a La Ra-Ra no fue un capricho: la fiesta reunía a más de tres mil personas. Savien cobra «derecho de rumba»: 50 gourdas por cabeza. Los organizadores se negaron este año. La respuesta llegó con el amanecer, calcinada.

El estado que no llegó

El estado que no llegó

La comisaría de Jean-Denis cierra a las seis de la tarde. El último policía se marchó en enero, tras recibir una nota escrita con letras recortadas de periódico: «O plomo o plata». Desde entonces, los agentes hacen guardia desde su casa, en zonas urbanas, y solo regresan los lunes a cobrar su salario atrasado. La misión de policía de la ONU abandonó el país en octubre. La nueva fuerza keniana de apoyo aún se entrena en Port-au-Prince, a doscientos kilómetros de distancia y un universo de impunidad.

El primer ministro, Alix Didier Fils-Aimé, publicó un tuit de «condena enérgica» a las ocho de la noche. No mencionó Jean-Denis. Habló de «hechos aislados» y prometió investigación. En la zona, nadie conserva esperanza: el último fiscal que intentó indagar a Savien fue encontrado en una zanja con las manos atadas tras la espalda y dos tiros en la nuca. Fue en 2022. El expediente sigue abierto, polvoriento, en un cajón.

El éxodo que nadie quiere contar

Para cuando el sol castigó el mediodía, Jean-Denis era un pueblo fantasma. Los que pudieron caminar se fueron a pie hacia Saint-Marc, hacia Gros-Morne, hacia cualquier lugar donde el humo no supiera a muerte. Los que se quedaron cavaron fosas comunes en el solar de la iglesia baptista. No hubo flores; las flores también ardieron.

El desplazamiento forzoso ya alcanza los 310.000 haitianos este año, según la ONU. Pero esa cifra es una fotografía que se borra cada semana. La masacre de Jean-Denis apenas sumará un nuevo apunte en el próximo informe, otro número que se acumula junto a los 5.500 muertos registrados entre marzo de 2025 y enero de 2026. El país entero se convierte en un archivo de cadáveres mal contados.

Lo que nadie cuenta es que La Ra-Ra nació como protesta: en los años 80 los pobladores usaban las procesiones para burlar los toques de queda de la dictadad. Bailar era resistir. Ahora bailar significa morir. El tambor que ayer anunciaba vida hace eco hueco entre las casas derruidas, como un corazón que olvidó el ritmo.

Cuando la noche volvió a caer sobre Artibonite, los sobrevivientes se reunieron al borde de la carretera. Alguien encendió una vela dentro de un frasco de café. Nadie habló de justicia. Solo se escuchó, lejano, el motor de una camioneta que podía ser Savien regresando a ver si quedó algo por quemar. La llama de la vela tembló, pero no se apagó. En haití, eso ya es casi un milagro.