209 Venezolanos aterrizan en caracas tras ser expulsados de arizona
El avión bajó a la pista de Maiquetía a las 11:23 y, cuando las puertas se abrieron, 209 cuerpos sudorosos —147 hombres, 52 mujeres y diez niños— pisaron suelo venezolano con la misma expresión: ¿qué hago ahora? Era el vuelo 128 del pacto migratorio Caracas-Washington, el operativo que ni siquiera la guerra de declaraciones en el Caribe ha logrado frenar.
Una logística que huele a improvisación
El encargado de recibirlos fue Mervin Maldonado, diputado chavista que hace quince días relevó a Camilla Fabri —la esposa del empresario colombiano Alex Saab— al frente de la Gran Misión Vuelta a la Patria. Maldonado, sin experiencia diplomática previa, se paseó entre las maletas de cartón con chaleco antibalas y carpeta en mano mientras prometía «atención prioritaria». Nadie le preguntó cuánto duraría su gestión; la historia de este programa es un rosario de titulares efímeros.
La cifra habla por sí sola: más de 20.000 repatriados en tres meses, un récord que en cualquier otro país sería motivo de auditoría, aquí se convierte en nota de prensa. El ministerio del Interior asegura que cada retornado pasa por filtros de salud y seguridad, pero omitió cuántos han logrado empleo formal o qué destino tendrán los niños que llegaron sin expediente escolar.

El silencio de quienes vuelven
En la sala de migración no hubo cámaras de televisión; el protocolo se volvió más discreto tras la tormenta de fotos del año pasado, cuando los Estados Unidos deportaban venezolanos esposados. Ahora los agentes federales entregan a sus paisanos con la mirada gacha y un sobre de zapatos que contiene un número de trámite y la advertencia: «No intentes cruzar otra vez». La frase suena a epitafio.
Lo que nadie cuenta es que arizona se vacía de venezolanos mientras Caracas se llena de historias inconclusas. El gobierno de Maduro celebra cada vuelo como victoria diplomática, pero en los alrededores del aeropuerto los taxistas cobran tres dólares por llevar a los recién llegados hasta la estación de La Bandera, donde empieza la cola para el autobús que los regresa a Maracaibo, Puerto Ordaz o El Tigre. El ciclo se reinicia.
El último migrante cruzó la puerta de vidrio a las 13:05. Afuera, el sol de La Guaira pegaba con saña y una mujer preguntó en voz alta: «¿Hay alguien que me de trabajo hoy mismo?». Nadie respondió. El avión, ya vacío, despegó de regreso a Tucson con asientos vacíos y la promesa de otro lleno la semana que viene.
