380 Millones desbloquean tesoros dormidos: el inah desentierra su propio futuro
Mientras el reloj del sexenio corre, el gobierno federal saca del bolsillo un fajo de billetes que hace tres décadas nadie se atrevió a desplegar: 380 millones de pesos para rescatar 46 zonas arqueológicas y 12 museos que agonizaban entre goteras, grifos oxidados y pasillos convertidos en ríos de polvo.
La cifra habla por sí sola: 40 millones van al desahogo del Museo Nacional de Antropología, ese coloso de granito y mármol que en 1964 parecía invencible y hoy sufre de osteoporosis; 30 millones se trasladan a Teotihuacán, donde las pirámides ya no solo resisten el paso de los soles, también el olvido administrativo. Joel Omar Vázquez Herrera, director del INAH, lo dijo sin anestesia: “Hace 30 años que no se le invertía a la infraestructura cultural de estos recintos”. Traducción: una generación entera creció mirando murallas desconchadas y vitrinas con bombillas fundidas.
La obra va 46 % adelante y el mundial 2026 acecha
El calendario es implacable. En mayo abrirá el Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos, a dos cuadras del Zócalo, justo cuando las aerolíneas ya venden paquetes “pre-mundial” que incluyen tequila, mariachi y —ahora sí— textiles que huelen a nuevo. La secretaria Claudia Curiel de Icaza promete cuatro salas permanentes, una interactiva y un área lúdica donde los turistas podrán tocar huipiles sin que suene la alarma. El mensaje es claro: el patrimonio debe fotogénico antes que académico.
Pero hay un detalle que nadie mencionó en la mañanera. Detrás de los 380 millones del INAH se esconde otro pozo sin fondo: mil 500 millones para 39 escuelas de arte que llevaban cuatro décadas pudriéndosese. Se compraron 23 mil bienes, desde flautas dulces hasta espectrómetros, y se estrenarán 118 salones de danza con parquet nuevo que oloroso a resina. En la Escuela Nacional de Arte ya ensayan el primer concierto con pianos Steinway que no llegaron de rebaja: fueron logística diplomática y factura exprés.

Mientras tanto, los arqueólogos calculan pérdidas
En Monte Albán, una grieta corre del Sur al Norte como si alguien hubiera dibujado la línea divisoria entre el pasado y el presente. Los 46 sitios intervenidos incluyen Cholula, donde la pirámide más grande del mundo —sí, esa que parece una colina con iglesia encima— recibe andamios por primera vez desde los noventa. En Tlatelolco, los muralistas de la UNAM ya cotizan restauraciones; en El Tajín, los voladores esperan que les cambien el pasto porque las pisadas de turistas acaban de ser declaradas patrimonio intangible.
La ironía es cremosa: el mismo Estado que durante años justificó el abandono con austeridad republicana ahora desembolsa el dinero cuando los tiktokers descubrieron que las ruinas sirven de fondo para reels de 15 segundos. El algoritmo hizo lo que los informes técnicos nunca lograron: presionar.
El reloj sigue. Las obras deben terminar antes de que el balón ruede en 2026 y las selfies exijan filtros de realidad aumentada. Si algo falla, la próxima conferencia mañanera podrá exhibir la misma promesa, solo que con otro director y otra cifra redonda. El 46 % de avance es un espejo: refleja lo mismo que falta por hacer.
