400 Tambores retumban en san juan contra el olvido de la bomba

La Plaza Antonio R. Barceló olía a madera quemada y sudor cuando los primeros golpes rompieron el silencio del domingo. Eran las diez de la mañana y ya 400 barrileros afinaban la piel de sus tambores. En Barrio Obrero, donde la migra acecha y los alquileres se disparan, la bomba volvió a ser escudo.

El grito que nació en los trapiches

Cary Martínez Cepeda no necesitó micrófono. Su voz se abrió paso entre el ruido de las calles cerradas y el murmullo de los dominicanos que miraban desde las aceras. «Esta es nuestra forma de decirle al mundo que seguimos vivos», gritó mientras el cinturón de bomberos de Cangrejos le bailaba en la cintura. La delegación que lidera llevó 14 años convocando a este encuentro, pero nunca como ahora: Trump firma órdenes de deportación y ellos responden con seis corridos y un yubá que retumba hasta los sótanos del Marriott.

La cifra habla por sí sola: 400 tocadores, 9 regiones, 21 ritmos. Lo que empezó en 2009 como un reto Guinness —«el coro de barriles más grande del planeta»— se ha convertido en una trinchera cultural. Norma Salazar, la folclorista que ideó el primer encuentro, ya no puede subirse al escenario, pero su bastón de ceiba sigue apoyado contra el mismo árbol donde los esclavos taínos y africanos inventaron la bomba para burlar a los capataces.

Cada delegación llegó con su propia furia. Los de Loíza traían los tambores pintados de azul marino y recuerdos de la muerte de Loíza Medina, el niño que la policía mató en 2022. Los de la Montaña venían en guagua desde Orocovis con el cuá atado al techo y un cartel que rezaba «Curet también era montañero». La diáspora de Chicago aterrizó en el SJU con los baúles llenos de fotos de sus abuelos y la certeza de que este año tocarían Anacaona con la letra completa, sin cortarle el final donde la mulata se niega a ser propiedad.

Cuando el barrio se vuelve canción

Cuando el barrio se vuelve canción

Barrio Obrero no es un decorado. Es la calle donde Catalino Curet Alonso compró los primeros discos de Joe Cuba y donde Héctor Lavoe aprendió a respirar salsa entre el humo de chicharrones. La esquina de la calle del Parque tiene un mural de Curet que los vecinos retocan cada vez que la lluvia se lo lleva. Este domingo, mientras los tambores marcaban sica, una mujer dominicana dejaba flores de plástico bajo el retrato. «El cantaba para los que no tenían voz», me dijo sin pedirme nombre.

El Gran Batey duró 47 minutos. Fue suficiente para que los periodistas olvidaran grabar y los policías bajaran la guardia. Los 400 barriles se unieron en un solo latido que hizo temblar los cristales del Banco Popular. Un periodista de Miami me confesó que su grabador captó un sonido que no existía: «como si el suelo hablara». No era el suelo. Era la memoria de los esclavos que enterraron sus cadenas bajo la plaza y que este domingo, por una vez, no fueron los invitados de piedra de la historia.

Cuando el sol se puso, Cary Martínez recogió el tambor de su padre. La madera estaba tan caliente que le quemó las palmas. «Así se cura el país», dijo sin mirar atrás. Los últimos en irse fueron los niños. Uno, sin zapatos, seguía marcando cuembé contra el bordillo. Su madre, limpiando la salsa de tomate de su camiseta, me sonrió: «Ahora ya sabe quién es».