92 Jóvenes del sur dominicano se titulan y plantan cara al estigma del campo

Bohechío amaneció con 92 nuevos técnicos que ya no emigran: se quedan. A las 9:00 a.m. del viernes, Luis Abinader les entregó el pergamino que certifica que saben de rendimientos, fermentaciones y cadenas de frío, y con ese gesto le dio la vuelta al mapa de la pobreza rural que durante décidas dibujó San Juan como el ‘patio trasero’ de la República Dominicana.

Una promoción que nació en terreno pedregoso

Hace dos años el Recinto Sur de la Universidad ISA era solo una promesa: 28 mil metros cuadrados de loma seca sin ni siquiera sombra de guayaba. Hoy hay laboratorios de microbiología, un planta piloto de lácteos y 92 tatuajes de egresados que llevan el logo del ISA en la piel. El 53% son hombres, el 47% mujeres y el 100% procede de provincias que la capital solo visita cuando hay sequía o huracán.

La cifra habla por sí sola: 50 títulos en Producción Agrícola y 42 en Tecnología de Alimentos. Pero lo que nadie cuenta es que la mitad de ellos eran hijos de colono que nunca habían pisado una universidad y que, para llegar a clase, cruzaban diariamente el Arroyo Limón cuando este se desbordaba. El gobierno les pagó alojamiento, transporte y hasta una beca-comedor que evitó que desertaran cuando el precio del café cayó al fondo.

Abinader subió al estrado sin discurso prefabricado. Miró a las familias que ocupaban las gradas de cemento y disparó: “Este título no es un diploma; es una arma contra el intermediario que siempre les robó el precio de su producción”. La frase retumbó en el valle. Aplauso de esos que duele en la garganta.

El sur ya no pide limosna, ofrece técnica

El sur ya no pide limosna, ofrece técnica

Mientras el presidente hablaba, Alam Acosta —el graduando de honor— sostenía un frasco de yogurt artesanal que había fermentado con cepas nativas de Lactobacillus aisladas en el campus. No era un souvenir: era su carta de presentación para el Banco Agrícola, que ya le abrió una línea de crédito blando de 2 millones de pesos para montar una mini-planta en Las Matas de Farfán. “El sur ya no pide limosna, ofrece técnica”, dijo antes de entregarle a Abinader una placa de madera de guásima tallada por él mismo.

El ministro de Agricultura, Francisco Oliverio Espaillat, confirmó que los 92 pasan automáticamente a la nómina de pasantes remunerados del programa ‘Jóvenes Rurales Emprendedores’. Traducción: mil dólares mensuales durante seis meses y acceso a tierras de la reserve estatal de Sabana Yegua. El mensaje es claro: si antes la opción era lavar platos en Nueva York, ahora la movida es instalar invernáculos de tomate cereza en El Cercado.

La rectora Ana María Castillo, gobernadora de San Juan, resumió la jugada: “Hemos cambiado la fuga de cerebros por la fuga de productos agroindustriales”. Y soltó la fecha: en dos semanas el primer contenedor de puré de mango 100% dominicano zarpará desde el Puerto de Haina con sello ‘Hecho en Bohechío’.

La ceremonia terminó cuando el sol castigaba los 34 grados. Los 92 se tiraron al aire los birretes y un padre gritó: “¡Ese pedazo de tela vale más que cualquier terreno que hemos sembrado!” El eco se fue perdiendo entre los cafetales. Pero la foto ya está en WhatsApp: 92 rostros que certifican que el sur dominicano dejó de ser sinónimo de crisis para pasar a ser un laboratorio ambulante de innovación. Y esta vez nadie podrá decir que fue obra de la caridad: fue la respuesta de un país que por fin entendió que su tierra más seca también puede ser la más fértil si se le pone ciencia delante.