Abinader cancela el desfile militar en santiago y desata la polémica por austeridad
La madrugada del sábado, cuando Santiago aún celebraba su vigilia de patria, el Palacio Nacional envió un sms a los cronistas: el desfile cívico-militar del 30 de marzo quedaba suspendido. La excusa sonó a pretexto: la guerra entre Irán e Israel. El efecto fue inmediato: cornetas apagadas, uniformes guardados y una pregunta que recorre WhatsApp: ¿de verdad el conflicto de Oriente obliga a ahorrar aquí?
La respuesta oficial llegó horas después, lacónica, casi sin metáforas: los RD$ 78 millones que costaba desfilar serán redirigidos a «sectores urgentes». Nadie aclaró cuáles. Lo que sí quedó claro es que por primera vez en dos décadas la avenida 27 de Febrero no vibrará al ritmo de tambores militares. En su lugar, Abinader ofrecerá misa, entregará títulos de propiedad y inaugurará dos canchas techadas: una en Cienfuegos y otra en Licey al Medio.
El lunes sin fusiles
El cambio de guion rompe con la liturgia dominicana del poder. Desde 1996, cada 30 de marzo, los tanques ruedan para recordar la batalla que Santiago ganó contra los haitianos. Cancelar el desfile es como suspender el carnaval de febrero: posible, pero sacrílego. El general retirado Manuel Ramírez, ex jefe del Ejército, lo resume en una frase que suena a epitafio: «Si quitamos los fusiles del 30 de marzo, ¿qué le queda a la patria?»
Lo que le queda, según la lógica palaciega, es una patria low cost. El gobierno calcula que el ahorro total del fin de semana —incluyendo desfiles provinciales— supera los RD$ 200 millones. Una cifra risible si se compara con los RD$ 8,000 millones que se fugaron en el caso Odebrecht, pero suficiente para financiar 40,000 cestas navideñas o un mes de operativos del programa Comer es Primero.

El martes en samaná
La gira de Abinader no termina en Santiago. El martes 31 se traslada a Samaná para inaugurar una rotonda y prometer una nueva vía de acceso a la península. Allí, lejos del ruido de los tanques, el presidente repetirá el mantra: austeridad, cercanía, desarrollo. La prensa seguirá el viaje, pero los titulares ya están escritos: «El día que la guerra de Irán canceló un desfile en el Caribe». La ironía es que, en Teherán y Tel Aviv, nadie se entere.
La jugada, vista desde fuera, es tan obvia como brillante: sustituir el despliegue bélico por entrega de títulos de tierra convierte austeridad en voto. Cada familia que reciba un papel sellado será un botín electoral para el Partido Revolucionario Moderno. El 30 de marzo, sin tanques que lo empañen, el presidente podrá posar con niños de brazos abiertos y abuelos llorando de felicidad. La imagen vale más que mil cañones.
El costo político, por ahora, parece menor. Los militares guardan silencio: saben que el ajuste también les recorta viáticos. Los opositores del PRD lanzan tuits indignados y vuelven a sus cafés. Solo queda la pregunta que nadie formula en voz alta: si el conflicto Irán-Israel se calma la próxima semana, ¿recuperaremos el desfile o el ahorro se volvió permanente? La respuesta está en el aire, como los RD$ 78 millones que nunca desfilarán.