Aena desembarca en galeão con una oferta que deja en ridículo al gobierno brasileño

552 millones de dólares. Eso es lo que ha pagado aena por hacerse con el aeropuerto Galeão de Río de Janeiro. Una cifra que triplica el mínimo exigido y que convierte a la española en la dueña indiscutible de los cielos brasileños. La operadora ya controla 17 terminales en el país; ahora se anexiona la tercera más transitada. Nadie en el sector había visto desembolso semejante.

La subasta que avergonzó a sus rivales

La subasta que avergonzó a sus rivales

Zúrich Airport y Changi Airports se quedaron con la boca abierta. Sus economistas habían calculado rangos prudentes. Aena no: irrumpió con un cheque tan desorbitado que el silencio en la sala de subastas fue físico. El 210,9 % sobre el valor de salida no es solo una primar: es una declaración de guerra por el dominio latino del tráfico aéreo.

Brasil necesita infraestructura y, sobre todo, necesita ingresos. El gobierno de Lula, asfixiado por el déficit, ha encontrado en los aeropuertos la gallina que compensa recortes en sanidad y educación. La privatización exprés de Galeão —antiguo símbolo de la EPAGé– encaja en ese manual de pragmatismo fiscal: vender hoy para sobrevivir mañana.

¿El detalle que callan los comunicados? Los 2.900 millones de reales no llegarán de golpe. Habrá cláusulas, revisiones tarifarias y, tarde o temprano, el pasaje carioca absorberá la factura. El turista desembarcará en un terminal renovado, sí, pero pagará por ello cada vez que pise la pista.

Para Aena, el negocio es otro. Brasil crece al 2,9 % y el mercado doméstico de vuelos suma meses de récord. Apostar fuerte ahora permite blindar ingresos para cuando Europa entre en barrena demográfica y el negocio ibérico se estanque. La compañía española se proyecta así como la primera multinacional aeroportuaria del planeta: de Barajas a Copacabana, la misma banda roja flamea en las torres de control.

La operación se cerró en menos de veinte minutos. Al salir, el consejero delegado de Aena evitó declaraciones. Solo atinó a sonreír. En el tablero geopolítico de la infraestructura, esa mueca valía más que cualquier discurso: el sur global vuelve a quedar en manos de quien ya controla el norte. Y la factura, como siempre, se la quedará el ciudadano de a pie.