Aena despega 9.991 millones para engordar barajas y silencia un segundo aeropuerto
9.991 millones de euros. Esa es la cifra que Aena ha colocado en la mesa para que Madrid-Barajas trague más aviones hasta 2031. Mientras, el Gobierno cierra la puerta a un aeropuerto privado que descongestione la mayor placa de Iberia y deja en stand-by el sueño de Air City en Casarrubios-Álamo.
Barajas se hincha, pero no se divide
La propuesta de DORA (Documento de Revisión de Aena) para el periodo 2027-2031 dibuja una T4 y una T4S que crecerán como la espuma para digerir el tráfico que se avecina. La promesa: un nuevo procesador terminal que evite el colapso en los pasillos y las colas interminables en las cintas de equipaje. El mensaje es claro: Barajas se queda con el pastel y no habrá segunda bandeja.
La respuesta oficial llegó al Congreso tras las preguntas del senador canario Javier Aniceto Armas González (AHI). El Ejecutivo le espetó que no contempla ni un aeropuerto privado en Madrid ni el cierre de Cuatro Vientos, el aeródromo centenario que sigue respirando a ocho kilómetros del Palacio Real. Allí aterrizaron el año pasado 2.312 pasajeros y se registraron 67.360 operaciones, un 5,4 % más que en 2022. Cifras de bolsillo para una infraestructura que vive de la aviación general, los helicópteros de la Policía y los vuelos escuela.

Air city, el proyecto que no despega
Detrás del intento de desviar parte del tráfico está Air City, una sociedad privada que ya compró los derechos sobre el aeródromo de Casarrubios-Álamo y sueña con convertirlo en el Madrid Sur de los cielos. Su plan: trasladar las 70.000 operaciones anuales de Cuatro Vientos y liberar suelo en la capital. El Gobierno ni lo aplaude ni lo boicotea; limita a decir que la solicitud «está en estudio». Traducción: en el cajón de los proyectos que no empujan ni frenan.
La duda que flota sobre el Nuevo Barrio Campamento —10.700 viviendas asequibles anunciadas por el Ministerio de Vivienda— tampoco inmuta a Moncloa. El Ejecutivo asegura que el desarrollo urbanístico no alterará el régimen jurídico de Cuatro Vientos ni obligará a sus avionetas a mudar de hangar. El mensaje a los vecinos y a los pilotos es idéntico: no se mueve nadie.
Así las cosas, Madrid se juega la partida del aire con una sola carta: engordar Barajas hasta el límite. La apuesta es arriesgada. Si el tráfico no crece al ritmo previsto, los casi 10.000 millones podrían convertirse en una autopista vacía a 37.000 pies. Y si finalmente despega, la capital seguirá respirando por un solo pulmón aéreo. La alternativa, hoy, es solo eso: un titular que no logra despegar.
