Afganistán se hunde bajo la tormenta: 42 muertos y 500 casas arrasadas

Las nubes se niegan a soltar a Afganistán. Desde el jueves, un cielo que parece querer borrar del mapa lo poco que queda en pie ha dejado 42 cadáveres y 66 heridos. Diecinueve provincias están ahora bajo un manto de barro, escombros y silencio.

Lo que nadie cuenta es que la cifra habla por sí sola: 500 viviendas pulverizadas, 284 hectáreas de cultivo convertidas en ceniza verde, 244 cabezas de ganado flotando entre los escombros. El portavoz de la ANDMA, Hafiz Mohammad Yousuf Hamad, apenas tiene tiempo de actualizar el parte: cada seis horas hay nuevos muertos.

El país que ya agonizaba vuelve a sangrar

El temporal no es una novedad; es una réplica anual. Pero esta vez el agua ha encontrado un territorio que ya no tiene amortiguadores: años de guerra, bloqueo financiero y aislamiento han dejado la infraestructura como un colador. Los 93 km de carretera destruidos no son solo números; son la única vía que llevaba alimentos a los valles del Hindu Kush.

La ANDMA repite su mantra: “evaluaciones en curso”. Traducción: los helicópteros no pueden aterrizar, los camiones quedan atrapados en barrizales y los pozos —los mismos que perforaron las ONG hace dos décadas— ahora vomitan tierra en lugar de agua.

Kabul amanece con el olor a barro quemado. Los equipos de emergencia reparten mantas que no alcanzan ni para cubrir a los niños. En las colinas aledañas, las familias cavaban tumbas con palas de mano mientras seguía lloviendo; la tierra estaba tan empapada que los cuerpos regresaban a la superficie.

Más lluvias hasta el viernes: la sentencia está escrita

Más lluvias hasta el viernes: la sentencia está escrita

El Servicio Meteorológico afgano advierte: la borrasca no se irá hasta el viernes. Traducido a lenguaje de supervivencia, eso significa que los deslizamientos pueden repetirse en las mismas laderas donde aún hay cadáveres sin identificar. El mensaje oficial pide “evitar desplazamientos innecesarios”, pero ¿cómo se pide a un padre que no busque a su hijo desaparecido bajo toneladas de lodo?

El detalle que nadie firma: los 600 millones de dólares congelados en bancos extranjeros —el dinero que podría haber reforzado presas y puentes— siguen siendo una moneda de cambio en mesas que no tienen ni una sola bandera afgana. Mientras tanto, la lluvia no entiende de geopolítica y sigue cobrándose facturas que nadie puede pagar.

Al caer la tarde, los supervivientes encienden hogueras con los marcos de sus casas arrasadas. El humo se mezcla con el olor a madera húmeda y a resignación. El recuento no ha terminado: mañana, cuando las nubes vuelvan a romperse, otros nombres se sumarán a la lista que ya nadie quiere leer.