Ajustan cuentas con la muerte del 'cazador del ei': la sentencia que cierra una herida de 16 meses de infiltración

Bagdad devolvió este lunes un golpe de efecto a la memoria de Harith al Sudani. El tribunal penal de Karkh firmó la sentencia de muerte contra Ahmed Sabri Rashid, el hombre que en 2017 le tendió la trampa, le secuestró y ejecutó tras descubrir que el capitán iraquí llevaba año y medio viviendo dentro del Estado Islámico como una bomba de relojería: grabando, desactivando atentados y apuntando nombres.

La historia de al Sudani es la de un espía que se jugó la vida 63 veces. Se infiltró en 2015, cuando el califato controlaba buena parte de Irak, y salió de cada operación con la certeza de que la próxima podía ser la última. Su trabajo permitió desarticular células suicidas en Bagdad, Mosul y Ramadi. La inteligencia iraquí calcula que evitó más de 30 atentados. Pero en enero de 2017 la red se rompió: dejaron de recibir sus mensajes en clave y solo quedó un silencio que olía a pólvora.

El vídeo que selló su destino

El vídeo que selló su destino

Rashid, condenado bajo la ley antiterrorista, fue el anzuelo. Según el fallo, fingió ser un traficante de explosivos y citó a al Sudani en Tarmiyah, al norte de Bagdad. Allí lo esperaban otros comandos del EI. Lo torturaron, grabaron su confesión y lo ejecutaron. El vídeo se publicó en agosto de 2017: ocho minutos donde el «cazador» aparece arrodillado y sin venda. Fue la carta de despedida del EI a los servicios secretos iraquíes.

La sentencia no cierra solo un caso. Desata el recuerdo de una red de espionaje que ya nadie en Bagdad quiere nombrar en voz alta: decenas de agentes que se hicieron pasar por yihadistas, que rezaban con ellos, dormían en sus escondites y volvían a casa con nombres que no podían contar. Al Sudani fue el más valiente. Y, por eso, el primero en caer.

El Consejo Judicial Supremo ha dejado claro que la pena se ejecutará en cuanto agoten los recursos. Pero en los pasillos del tribunal hay quien susurra que la verdadera condena ya la cumple Irak: cada atentado que se evitó gracias a al Sudani es una cicatriz que no deja de sangrar. La sentencia es apenas un epílogo. La historia, esa que empezó en la nebulosa de una madrugada de 2015, termina con un nombre grabado en mármol y un país que, pese a todo, sigue contando cadáveres.