Albares llama a jordania para frenar a irán y evitar que la guerra salpique a españa
Madrid despierta este domingo con el teléfono caliente: José Manuel Albares ha marcado a Ayman Safadi para decirle, en la distancia, que Jordania no está sola y que los misiles iraníes deben parar antes de que el humo llegue a la puerta de Europa.
La conversación que no aparece en los partes oficiales
La ministra de Exteriores no convocó a la prensa. No hizo declaraciones en la escalinata del Palacio de Santa Cruz. Solo un escueto tuit: «Los ataques iraníes tienen que cesar». Nada más. Pero detrás de esa frase hay un mapa de amenazas en tiempo real que enciende las pantallas del Centro Nacional de Inteligencia desde hace cuatro días.
La llamada se produjo después de que la Guardia Revolucionaria iraní anunciara la madrugada del jueves el ataque a la base Al Azraq, en territorio jordano. Un misil que no cayó en el vacío: cayó a 25 kilómetros de donde 130 soldados españoles custodian el espacio aéreo contra el Estado Islámico. Nadie habló de heridos. Pero sí de daños colaterales: los protocolos de evacuación se activaron, los aviones de transporte se blindaron y los mandos recibieron la orden de reducir al mínimo los desplazamientos.

El mensaje que no llegó a teherán
Albares pidió «contención y desescalada» a las partes, pero Irán ya había lanzado una nueva tanda de drones y misiles contra Israel y las bases estadounidenses en Irak y Siria. La respuesta, lejos de la mesa de negociación, fue más fuego. En el Ministerio de Defensa calculan que el riesgo de alcance sobre los intereses españoles se duplica cada 48 horas si la espiral no se frena.
El ministro sabe que la solidaridad con Jordania tiene un precio: Madrid depende del gas natural licuado que llega por el canal de Suez y del tránsito marítimo que atraviesa el Estrecho de Ormuz. Cualquier cierre por tensión militar encarece la factura energética en un 12 % antes de que acabe el mes, según estimaciones internas de Iberdrola que han llegado a la Moncloa.
La diplomacia del silencio
En la capital hispaniola nadie quiere pronunciar la palabra «retirada». Pero en los pasillos del cuartel de Buenavista se susurra que el contingente español en Al Azraq ya tiene las mochilas preparadas por si la situación se desmadra. La orden oficial sigue siendo «permanecer», pero el plan B —un repliegue a la base de Incirlik, en Turquía— está sobre la mesa desde el viernes.
Albares no citó a la prensa. No hizo rueda. No quiso fotos. Solo dejó caer, entre líneas, que Espaia ya no es un observador neutral en el tablero de Oriente Medio. La llamada a Safadi fue, en realidad, un aviso: si la guerra toca a un aliado, Madrid no va a mirar para otro lado. Y si los misiles siguen cayendo cerca de sus soldados, la próxima vez la respuesta no será un tuit.
