Alemania rompe el silencio: la horca israelí para palestinos escupe en la cara del derecho

La Knéset ha decidido que los palestinos pueden morir ahorcados. El Bundestag alemán, apenas 48 horas después, responde con una reprimenda diplomática que huele a papel mojado. El Gobierno de Scholz «lamenta» la ley, pero no la frena. La historia, esa vieja ironía, vuelve a repetirse: quienes sobrevivieron al Holocausto ahora aprueban la horca para un pueblo bajo ocupación.

La ley que solo mata a un lado

La ley que solo mata a un lado

El texto aprobado el lunes por 62 votos contra 48 no habla de «israelíes»; habla de «terroristas». Pero los tribunales militares que juzgan a palestinos en Cisjordania quedan obligados a dictar la horca, mientras que los tribunales civiles que juzgan a ciudadanos israelíes pueden contentarse con cadena perpetua. La distinción no es velada: es la misma línea verde que Israel dibujó con tanques en 1967. El 90% de los condenados por «asesinato terrorista» en los últimos cinco años llevaban pañuelo palestino. La estadística no necesita traducción.

Stefan Kornelius, portavoz de la cancillería, firma un comunicado que tiembla de cautela: «Rechazamos la pena de muerte como principio». Pero no anuncia sanciones, no congela los 3.600 millones de euros de ayuda anual, no convoca al embajador. La frase «no puede aprobarla» suena a excusa de alumno tarde. En la Wilhelmstraße saben que la última ejecución israelí fue la de Eichmann en 1962; también saben que esta vez la horca no se alzará en Ramla, sino en Jenin.

La ley entra en vigor en 90 días. El Servicio Penitenciario israelí ya redactó el protocolo: cuerda de cáñamo, plataforma móvil, celda de aislamiento previa, visita familiar de 30 minutos. Los abogados de derechos humanos calculan que hay 52 palestinos en lista de espera, condenados por ataques que dejaron soldados muertos. Ningún israelí está en esa lista. La simetría es perfecta: la misma cantidad de estrellas que hay en la bandera de la UE que paga la facta.

En Ramallah, la madrugada huele a café y a miedo. «Ahora hasta un piedrazo puede ser tu horca», dice Umm Tarek, cuyo hijo cumple cadena perpetua por apuñalar a un colono. En Tel Aviv, el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, celebra el voto con una selfie junto a la Biblia abierta en Números 35:16: «El asesino será castigado con la muerte». Olvida el versículo siguiente: «No podrás matar al inocente ni al justo». La selección, también aquí, es teológica.

El canciller alemán Olaf Scholz viaja la semana que viene a Jerusalén. En la agenda oficial figuran submarinos y chips. La horca no aparece. En Berlín, un portavoz confiesa entre susurros: «No podemos condenar abiertamente, tenemos un historial que pesar». La frase se queda colgando, como la soga que ya se fabrica en Kiryat Gat. El mundo mira a otro lado. La ocupación, esa vieja impune, acaba de comprar cuerda nueva.