Alito, el juez que blinda a trump, sale del hospital en la sombra

Samuel Alito regresó a su casa en medio de la noche, con una bolsa de suero colgando del brazo y la Constitución bajo el otro. Nadie lo vio entrar. El máximo tribunal guardó silencio durante diez días mientras el magistrado clave para la agenda trumpista era tratado por deshidratación en un hospital de Philadelphia. La noticia saltó este viernes, cuando la oficina de prensa de la Corte emitió un comunicado de cuatro líneas que olía a improvisación: «por extrema precaución».

Lo que nadie cuenta es que el 20 de marzo, mientras los abogados de la Administración ensayaban el argumento para restringir la ciudadanía por nacimiento, Alito se tambaleó entre los marmoles del hotel Union League. Un testigo lo describe «pálido como la cera, agarrado al respaldo de una silla». La cena era privada, con donantes del Federalist Society. Alito cumplía 76 años al día siguiente. El pastel aún estaba en la cocina cuando lo subieron a una camilla.

La noche que faltó en el supremo

La ausencia del juez coincidió con la primera revisión del caso Trump v. Estados Unidos sobre inmunidad presidencial. Sin Alito, la mayoría conservadora se reduce a cuatro. El protocolo interno obliga a informar de cualquier incapacidad, pero el portavoz Patricia McCabe se limitó a hablar de «deshidratación». No hay informe médico, no hay fecha de alta, ni siquiera el nombre del centro hospitalario. Solo la frase mágica: «volvió a casa esa misma noche».

El miércoles, Alito ya estaba de nuevo en el estrado. Interrumpió al abogado del gobierno para preguntar si un bebé nacido de turistas puede reclamar pasaporte. La voz sonaba firme, pero los clerks notaron que bebía agua cada dos minutos. En la sala, Donald Trump asentía desde la primera fila. Necesita a Alito: sin él, la mayoría de 6-3 se derrumba y con ella la promesa de acabar con el birthright citizenship que tanto irrita a su base.

El magistrado que nunca se jubila

El magistrado que nunca se jubila

Nombrado por George W. Bush en 2006, Alito lleva 19 años en el cargo vitalicio. Ha votado para derogar el Roe v. Wade, para ampliar los derechos de las armas y para permitir dinero ilimitado en campañas. A los 76, es el segundo juez mayor del tribunal después de Clarence Thomas. Ambos resisten la presión de la jubilación: saben que si ceden antes de 2028, Trump podría colocar a otro joven conservador y blindar la Corte por décadas.

La cifra habla por sí sola: desde 1950, solo cinco jueces han muerto en activo. El último, Ruth Bader Ginsburg, resistió hasta los 87 años con cáncer y todavía hoy algunos progresistas le reprochan no haberse retirado durante el mandato de Obama. Alito parece haber aprendido la lección: mejor un suero en la sombra que una plaza vacía en la luz.

El presidente del tribunal, John Roberts, no quiso valorar el episodio. En los pasillos del Capitol, los legisladores demócratas ya susurran sobre la transparencia del máximo tribunal: sin cámaras, sin registro médico, sin fecha límite. El próximo lunes Alito volverá a ocupar su sillón bajo el friso de mármol que reza «Igualdad ante la ley». Afuera, la fila para entrar al tribunal empieza a las cinco de la mañana. Dentro, el aire acondicionado sigue gélido, como si nada hubiera pasado. Porque en el Supremo, la única certeza es que nadie da explicaciones hasta que ya no hay nada que explicar.