Al-sharaa vende a siria como 'puerto seguro' ante el caos del estrecho de ormuz
Ahmed al-Sharaa ha convertido la guerra de Irán en su mejor tarjeta de presentación. El presidente sirio, que llegó al poder tras la caída de Bachar al Asad, ha aterrizado en Berlín para ofrecer a Europa una vía de escape al caos marítimo: Siria como corredor terrestre hacia el Mediterráneo, lejos del Estrecho de Ormuz y del Mar Rojo convertido en campo de minas.
La apuesta geoestratégica de damasco
La jugada es tan audaz como urgente. Con los ataques iranís y las contraofensivas israelíes bloqueando la ruta tradicional del petróleo del Golfo, Al-Sharaa ha desplegado ante empresarios alemanes un mapa donde Siria ya no es un país arrasado, sino un puente terrestre entre Asia y Europa. «Desde aquí se cruza el Mediterráneo sin pasar por Ormuz», ha zanjado, como si el conflicto de 14 años no hubiera arrasado sus carreteras.
El mensaje ha calado. Johann Wadephul, número dos de la cancillería, ha celebrado que la guerra no se haya «contagiado» a Damasco y ha calificado la contención de «gran éxito» del nuevo régimen. En la sala del Ministerio de Exteriores alemán se respiraba alivio: por primera vez un líder sirio no pide ayuda humanitaria, sino que ofrece contratos de infraestructura y promete reformas legales listas para firmar.
La cifra habla por sí sola: 1,3 millones de sirios viven en Alemania. Al-Sharaa los ha convertido en su red de cabeza cuadrada: médicos, ingenieros, empresarios que podrían pilotar la reconstrucción desde el exterior. «Han aprendido aquí, ahora inviertan allí», ha dicho, mezclando nostalgia y cálculo.
Pero hay un detalle que nadie ha mencionado en voz alta: los milicias iraníes aún campan a sus anchas en el sudeste sirio y las sanciones de Bruselas siguen vigentes. La UE no puede invertir un euro en proyectos que puedan beneficiar a antiguos yihadistas, y Al-Sharaa mismo figura en listas de vigilancia por sus años junto a al-Qaida.

El riesgo de un 'new deal' sin paz
El discurso de Damasco huele a desesperación y oportunismo. Promete playas sin minas y puertos sin bloqueos, pero la mitad del país sigue sin electricidad y los escombros de Alepo aún sirven de escondite para drones rusos. Alemania necesita rutas alternativas al 7 % de su importación energética que pasa por el Golfo Pérsico, y Siria ofrece la única frontera terrestre que no pasa por Turquía ni por Egipto.
El trato es tentador: Berlín aporta capital y tecnología, Damasco devuelve acceso al mar y mano de obra barata. Pero el precio político puede ser una foto de Olaf Scholz estrechando la mano de un ex emir de al-Nusra mientras Tel Aviv bombardea las cercanías de Damasco.
Al-Sharaa se marcha con una cartera llena de tarjetas de visita y una promesa: «Venid a verlo con vuestros propios ojos». La última vez que Europa miró a Siria con ojos de negocio, el resultado fue un catálogo de escombros. Esta vez el tablero es otro, pero las minas siguen enterradas bajo el asfalto.
