Aoun se juega el todo: cortará la mano que toque la guerra civil
Beirut respira al filo del cuchillo. Joseph Aoun ha salido este lunes al escenario político con un guante de seda y una amenaza de acero: la mano que se extienda contra la paz civil será cortada. La frase no es retórica de campaña; es un aviso a navegantes en un país que ya conoce el sabor de su propia sangre.
El presidente libanés carga contra dos frentes a la vez: la ofensiva israelí que desplazó a más de un millón de personas —la mayoría chiíes— y la sombra de una guerra interna que algunos actores locales acechan como oportunidad. La mezcla es explosiva. En las últimas semanas, los desplazados han llegado a zonas cristianas y sunníes donde el miedo crece a la misma velocidad que los precios del alquiler.
El desarme de hizbulá, la chispa en el polvorín
El Gobierno decidió a principios de mes ilegalizar la milicia chií y prometió confiscar sus arsenales. La medida, aplaudida en Washington y en ciertos círculos sunníes, enciende un conflicto interno que Líbano arrastra desde 2008: ¿quién detenta el monopolio de la fuerza? Hizbulá responde con la calle. Aoun responde con un ultimátum diplomático.
Detrás de los micrófonos, el mandatario ha lanzado una iniciativa que suena a última carta: negociar directamente con Israel sin pasar por Damasco ni Teherán. La propuesta, desvelada ante un foro local de empresarios, ha sido recibida como herejía por Naim Qassem, número dos de Hizbulá, que la califica de «inaceptable mientras los aviones israelíes sigan sobrevolando Beirut».
La jugada de Aoun es arriesgada. Si fracasa, el vacío de poder podría ser ocupado por milicias locales o, peor, por el ejército israelí en su avance terrestre. Si prospera, el presidente habrá logrado desplazar al grupo chií del centro de la negociación por primera vez en cuatro décadas.

El sur, un territorio sin ley
En los pueblos fronterizos ya no quedan ventanas que no hayan saltado por los aires. Los bombardeos han convertido el sur en un mapa de cráteres donde las coordenadas GPS se actualizan cada madrugada. La ONU calcula que el 70 % de los cultivos de cítricos —la principal fuente de ingresos de la zona— han quedado calcinados. El precio del limón se ha triplicado en las zonas que aún resisten.
Israel, por su parte, envía señales contradictorias: mientras sus aviones dibujan humo sobre Jounieh, sus delegados en Roma aceptan la mediación francesa. El tempo militar y el diplomático corren por carriles separados, y Aoun apuesta a que el segundo llegue antes que el primero.
En los cafés de Hamra, los viejos comentaristas de guerra repiten un mantra: «El Líbano no se rompe, se resquebraja». Esta vez, la grieta atraviesa la comunidad chií, la más golpeada por los desplazamientos y la que mayor poder de fuego atesora. Si esa grieta se ensancha, el país podría volver a los días de los barricadas de 1975, solo que ahora los fusiles son drones y los bloques, apartamentos vacíos.
Aoun lo sabe. Por eso su mensaje no fue solo una advertencia; fue una cuenta atrás. El reloj corre y, según los servicios de inteligencia europeos, la próxima semana será clave: o se sella un alto el fuego parcial o los tanques israelíes cruzarán el río Litani. La respuesta de Hizbulá, con sus 150 000 cohetes apuntando al norte de Israel, puede llegar en menos de seis minutos.
Mientras tanto, en Beirut, los jóvenes siguen bailando en las terrazas de Gemmayzeh como si la guerra fuera un eco lejano. Pero la cola para sacar pasaportes en el consulado francés da la vuelta a la manzana. La capital libanesa vive su particular síndroma de Estocolmo: se abraza la noche para olvidar que al amanecer puede no existir.
Aoun ha dicho que cortará la mano que toque la guerra civil. La pregunta que nadie se atreve a formular en voz alta es: ¿y si esa mano resulta ser la suya?
