Arizona inunda de fusiles a los sicarios del cártel de sinaloa

La balacera no cesa en Culiacán y la pólvora huele a Phoenix. El 62 % de los fusiles incautados a los sicarios mexicanos en 2024 —aquellos que fueron comprados en EE. UU. menos de doce meses antes del crimen— salieron de las tiendas de arizona, según el rastreo que publica The Guardian. Mientras los hijos de Ismael “El Mayo” Zambada y los de Joaquín “El Chapo” Guzmán se desgarran en Sinaloa, el desierto de Arizona se ha convertido en su arsenal particular.

El negocio de la muerte se compra en tiendas de suburbio

En Phoenix no hace falta ir al mercado negro: basta entrar a cualquier retailer de armas, pagar en efectivo y esperar la llamada del reclutador. Los “straw purchasers” —ciudadanos limpios que compran por encargo— cobran entre 100 y 500 dólares por fusil. El mismo AR-15 que aquí vale 700 dólares se vende en Culiacán por 7 000. El beneficio multiplica por diez y el riesgo, en Arizona, es mínimo: la ley permite comprar un fusil semiautomático en menos de veinte minutos sin registro de comprador final.

La fiscal general Kris Mayes acaba de desarticular una red de 20 compradores que introdujo 330 armas en México, pero lo confiesa sin tapujos: “Esto es la punta del iceberg”. El resto del bloque flota bajo la superficie y alimenta un conflicto que ya dura 18 meses sin tregua.

La frontera que exporta fusiles y regresa fentanilo

La frontera que exporta fusiles y regresa fentanilo

El corredor Arizona-Sonora es un tubo de ida y vuelta: fusiles hacia el sur, fentanilo hacia el norte. El condado de Phoenix lidera ambos flujos. Cada rifle que cruza la línea regresa en forma de pastillas que matan a 70 000 estadounidenses al año. “Arizona es el embudo del fentanilo para el resto del país”, resume Mayes. El círculo se cierra en los mismos caminos de tierra donde los coyotes cobran por pasar gente, droga y muerte.

México ha demandado a cinco armerías de Arizona por negligencia, pero los juicios avanzan a paso de cangrejo. Mientras tanto, Claudia Sheinbaum ha pedido a Donald Trump que ponga el grito en el cielo. La respuesta, de momento, es silencio y más fuego.

La guerra dentro del Cártel de Sinaloa no es una telenovela de capos: es una fábrica de cadáveres que se abastece en tiendas de deportes del desierto. El negocio está redondo: comprar legal, vender ilegal, contar muertos. Arizona vende, México paga. Y la bala, esa, no entiende de fronteras.