Asesinan al 'volador de toros' que desafiaba la muerte en el ruedo y la encontró en la calle
Rafael Baños Perales saltó sobre toros bravos durante dos décadas. La noche del 28 de marzo, dos balas de 9 mm lo alcanzaron cuando caminaba por Juana Sáncquez, Hatillo de Loba. No hubo cuadrilla, ni capote, ni tiempo de esquivar. Cayó junto a una moto taxi que aún vibraba. El hombre que hacía del riesgo un espectáculo muró a 44 años en una esquina sin testigos valientes.
Los sicarios llegaron en una motocicleta sin placa. Uno bajó, disparó y se fue. El procedimiento duró menos que un quite. Los vecinos escucharon la ráfaga y salieron con cuchillos de cocina, pensando que era una reyerta de borrachos. Encontraron al 'volador' tendido, sin camisa, con las botas de cuero aún abrochadas. En el hospital de Magangué firmaron la muerte violenta 26 del mes pasado: homicidio simple, arma de fuego, causa externa. Otra ficha más en la estadística que nadie lee los domingos.
La fiesta que lo hizo mito y el pueblo que ahora lo llora
Baños Perales no era matador. Su truco era el salto: correr hacia el toro, tocarle el lomo y escapar antes de que el cuerno lo alcanzara. Lo hizo en corralejas de El Banco, Arjona, San Jacinto. Niños pedían fotos; adultos le pagaban tragos de aguardiente. El gobernador lo invitó una vez a la feria de Sincelejo, pero él prefirió los pueblos sin aire acondicionado. «El riesgo sabe mejor cuando hay polvo», solía decir.
Ahora su casa está llena de velas y recortes de periódico amarillento. La esposa guarda los trofeos en una caja de zapatos: medallas oxidadas, un reloj de oro que nunca usó, una foto donde posa con el toro 'El Muerto' que lo dejó tendido 30 segundos en 2019. «Ese día se reía con la nariz rota», recuerda. «Decía que el que no se cae no vuela alto».

Motivos que la policía teme escribir
La Sijín descarta pleito de fiesta, deuda de apuesta o celos de mujer. En el barrio Juana Sáncquez circulan dos hipótesis: microtráfico y venganza. Rafael trabajaba de vigilante en una finca de palma. Allí mismo, la semana pasada, incautaron 200 kilos de cocaína ocultos en racimos. Ningún uniformado lo confirma, pero en la esquina del billar ya lo llaman «el guardián que vio mucho».
La otra pista es un video de 2023 donde Baños aparece separando una pelea a machetazos. El agresor, hoy muerto, era primo de un jefe de sicarios del sur de Bolívar. «Ese tipo juró vengar la vergüenza», dice un vecio que pide no graficar su nombre. La Policía ofrece 20 millones de pesos por pistas. Nadie ha cobrado. El miedo vuela más alto que los toros.

El mototaxista que muró por un pasajero marcado
24 horas antes, Gustavo Adolfo Peña Castro, de 23 años, aceptó una carrera a Turbaco que otros rechazaron. Llevó a un hombre que meses atrás sobrevivió a un atentado. Dos sicarios los interceptaron en Bonanza. Gustavo recibió cinco impactos; el pasajero huyó cojeando. El padre del chófer reclama el cuerpo en la morgue de Cartagena y pide justicia que nadie firmó. «Mi hijo solo quería comprarle unos tenis al niño», repite mientras guarda el casco roto.
Entre ambos crímenes hay 48 kilómetros y el mismo patrón: moto, pistola, silencio institucional. La Fiscalía creó un grupo élite, pero los agentes llegaron después de que la sangre se secara. En Bolívar, el 87 % de homicidios queda sin sentencia, segano el observatorio de la Universidad de Cartagena. La cifra habla por sí sola: aquí la muerte es barata y la impunidad, de oferta.
En Juana Sánchez ya no hay corraleja este fin de semana. Los toros regresaron a los potreros y el ruedo se llenó de escombros. En la esquina del crimen alguien escribió con tiza: «Al que mata al que vuela, se le cae el cielo». No firmó. En Bolívar, hasta las promesas van sin nombre.
