Asia se queda sin gas y enciende el carbón para no apagarse
El último barco de gas natural licuado que cruzará el estrecho de Ormuz llegará a asia esta semana. Después, silencio. Nada de los 28 millones de toneladas que Catar enviaba cada año. Nada del 90 % del GNL que Pekín, Tokio, Nueva Delhi y Seúl compraban al Golfo. Solo quemar lo que se tenga a mano: carbón, fueloil, nuclear o, directamente, la competitividad de millones de fábricas.
El corte que llega en barco fantasma
Los tanques de almacenamiento están al límite, pero el suministro en tránsito se acaba. El bloqueo de Ormuz y los ataques al corazón del complejo catarí han borrado del mapa todo el crecimiento global de GNL previsto para 2026. Henning Gloystein, de Eurasia Group, lo resume con una frase que hiela: «La producción no volverá a niveles anteriores hasta fin de década». Traducción: cinco años de hambruna energética.
En Corea del Sur, la solución pasa por descongelar las centrales de carbón que habían quedado relegadas a museo. En Japón, el Gobierno ha ordenado a las eléctricas que reaviven reactores que dormían desde Fukushima. India ha dictado un toque de queda industrial: las térmicas de carbón trabajarán a tope los próximos tres meses, mientras los fertilizantes y la siderurgia de Vietnam ya van despidiendo turnos. Nadie habla de precio del carbono; se habla de precio de la supervivencia.

La factura se la pagan los pobres
Los países con menos margen no pueden competir en el mercado spot. Pakistán y Bangladés ven cómo los cargamentos estadounidenses se los quedan quienes pagan 40 % más. En Lahore, miles de restaurantes han cerrado por falta de GLP; en Manila, los colegios pasan a clases virtuales para ahorrar electricidad. La fábrica de cerámica más grande del mundo, en Morbi (India), ya recibe gas un día sí y otro no. El resultado: despidos encubiertos y hornos que se apagan para siempre.
China, blindada por los gaseoductos siberianos y su arsenal de renovables, observa la danza desde lejos. Puede permitirse pagar 200 dólares por MW/h cuando Europa paga 100 y Pakistán ni siquiera entra la puja. «El GNL fue vendido como puente entre el carbón y el sol. Ahora mismo es un puente colgante que se quema mientras lo cruzas», ironiza un ejecutivo de Wood Mackenzie.

El adiós definitivo al 'gas de transición'
La guerra de Ucrania ya sacudió la confianza en el gas ruso. La guerra de Medio Oriente entierra la confianza en el GNL como tal. Las previsiones de duplicar la demanda asiática para 2050 están siendo retocadas a la baja por bancos que antes financiaban terminales a diestro y siniestro. Cualquier plan de nueva planta de gas que no se haya concretado queda automáticamente congelado. El dinero migra a parques solares, reactores modulares y, paradójicamente, a minas de carbón que reabren en Indonesia y Australia.
La última ironía: cuando el GNL vuelva a fluir, quizá en 2028, asia ya habrá rehecho su matriz energética y descubierto que se puede vivir con menos. «No habrá vuelta a la normalidad», sentencia Gloystein. El combustible puente se derrumbó; el abismo se llama escasez estructural y el otro lado se alcanza sin gas.
