Báez clava desde el exilio: “dios no escucha a los tiranos con las manos manchadas de sangre”
El obispo Silvio Báez no pidió permiso para hablar. Desde una iglesia de Miami, con la voz que le quedó después de que Managua lo expulsara y le negara hasta su pasaporte, soltó la frase que ya recorre los corrillos políticos de Centroamérica: “Dios no escucha a los tiranos que tienen las manos manchadas de sangre”. Fue el domingo, pero el eco llega hoy a las casas de los que aún guardan fotos de los muertos del 2018.
La misa que devolvió la cuenta de los 355 muertos a la palestra
La homilía duró 18 minutos. Bastaron. Báez citó al profeta Isaías, pero fue el dato de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos —355 víctimas durante la represión de 2018— el que hizo temblar el aire acondicionado del templo. “En las llagas de Jesús se refleja el dolor de los presos políticos”, dijo, y nombró a los 46 que siguen tras las rejas, 15 de ellos ya mayores de 70 años.
El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo no respondió. No le hace falta: Báez fue despojado de su nacionalidad en 2023 y su regreso está vedado por una ley que califica de “traición a la patria” hasta el simple rumor de disidencia. El Vaticano lo sacó del país en 2019 para evitar otro asesinato de cura; desde entonces, el obispo auxiliar de Managua vive entre Miami y el aire de las videollamadas que utilizan los exiliados para no olvidar la hora de Nicaragua.

El mensaje que no entró por la puerta principal
Lo que Báez planteó no es un sermón, es una factura pendiente. Recordó que “ningún poder humano puede servirse de Dios para hablar de una falsa paz fruto del miedo” y emparejó la crucifixión con los cuerpos que aparecieron en los caminos de Masaya hace seis años. La comparación duele porque es cierta: la investigación de la CIDH habla de disparos a la cabaña y destino de cadáveros sin autopsia; el obispo tradujo ese legajo en una imagen teológica que se clava en la conciencia de los creyentes.
La liturgia terminó, pero la frase sigue corriendo por WhatsApp. En Granada, una familia que perdió a su hijo de 17 años el 20 de abril de 2018 reenvió el video con el subtítulo: “Por fin alguien dice lo que el padre no pudo en el funeral”. En León, una monja repite de memoria el pasaje: “El grito final de Jesús es el clamor de los pueblos crucificados”. La cifra habla por sí sola: 684 muertos, según el gremio de médicos que levantaron actas cuando la Policía prohibió las ambulancias.

El exilio como forma de escándalo
Báez no puede pisar su catedral, pero su voz regresa por la rendija de YouTube. La paradoja es que, cuanto más lo alejan, más cerca está de la conversación nacional. El gobierno lo declaró “enemigo del pueblo”; la oposición lo menciona en cada manifiesto como “la conciencia viva”. Mientras tanto, Ortega cumple 17 años en el poder y Murillo despacha desde el bunker de El Carmen. La semana pasada, la Asamblea, controlada por el sandinismo, aprobó otra ley para retirar la ciudadanía a los “traidores” sin juicio. El obispo ya no tiene nada que perder y eso lo vuelve imparable.
La misa terminó con un silencio que sonó a culpa colectiva. Báez no pidió venganza; pidió memoria. Dijo que “Dios llora con nuestras lágrimas” y se fue sin despedida. En Managua, todavía suenan los altavoces de Murillo prometiendo “paz cristiana”. La contradicción es tan grande que solo cabe una certeza: mientras haya un cura exiliado que siga nombrando a los muertos, el régimen no podrá sellar la herida con silencio.
