Beatriz y eugenia se hacen invisibles en windsor para proteger la corona
Las princesas Beatriz y Eugenia han decidido evaporarse. Este domingo, cuando la familia real desfile por la capilla de San Jorge para la misa de Pascua, sus asientos estarán vacíos. Un gesto que suena a rendición: no se trata de una simple agenda apretada, sino de un pacto de silencio con Carlos III para evitar que la sombra de su padre, Andrés, ensucie la liturgia.
La ausencia no figura en ningún comunicado oficial. Palacio prefiere que la noticia se filtre por los tabloides, como quien tira un hueso a los perros. Pero detrás del silencio hay una operación de contención de daños: las hermanas, de 37 y 36 años, son el último eslabón visible del escándalo que ya costó al duque de York sus títulos, su reputación y, en 2022, un millonario acuerdo extrajudicial con Virginia Giuffre, la mujer que lo acusó de abusar de ella cuando era menor.
El fantasma de epstein vuelve a la catedral
Lo que nadie cuenta es que la decisión se tomó hace tres semanas, tras la publicación de nuevos tramos de los llamados ‘archivos Epstein’. Entre los papeles resurgen correos donde Sarah Ferguson —la madre de las princesas— planificó un viaje a Nueva York en 2009 para presentar a sus hijas al financiero ya condenado por tráfico sexual. Beatriz y Eugenia entonces tenían 19 y 20 años. El encuentro, según los documentos, se produjo apenas nueve días después de que Epstein saliera de la cárcel. La imagen de las jóvenes sonriendo en la mansión de Manhattan es un souvenir que la corona quiere borrar del álbum familiar.
Desde entonces, su presencia en actos oficiales se ha visto relegada a fotos de grupo donde aparecen en segunda fila, semiofuscadas por el protocolo. En Navidad consiguieron colarse en Sandringham, pero el mensaje fue claro: podéis venir, pero no cerca de las cámaras. Ahora, ni eso.

La monarquía lava su imagen con ausencias
Carlos III necesita un domingo limpio. Tras meses de especulaciones sobre su salud y de enfrentamientos internos por la sucesión, el rey apuesta por una estrategia de desinfección visual: quitar del encuadre cualquier rostro que evoque el pasado podrido. La reina Camila, los príncipes Guillermo y Catalina, y una docena de aristócratas bien perfumados serán la fotografía. Ningún pariente que recuerde que la familia real británica llegó a compartir champán con un proxeneta.
Beatriz y Eugenia, mientras tanto, se refugian en sus casas de campo y en sus cuentas de Instagram donde publican fotos de libros y pasteles. El mensaje es sutil: “Somos rehenes de un apellido”. Pero la corona no se apiada: su futuro pasa por ser invisibles o, al menos, no molestar. El precio de llevar un título que ya no da privilegios, solo vergüenza.
La monarquía británica ha aprendido a sobrevivir a sus propios cadáveres. Primero fue la muerte de Diana, luego los escándalos de Harry, ahora el lodo de Andrés. Cada generación entierra sus pecados y avanza. Beatriz y Eugenia son, esta Pascua, el lastre que se deja atrás para que la procesión pueda continuar sin manchas en la seda. No habrá drama, no habrá lágrimas públicas. Solo dos asientos vacíos que gritan más que cualquier titular.
