Berlín abraza al nuevo zar sirio mientras desaparecen 4000 kurdos

La primera visita de Ahmed al Sharaa a Berlín huele a hipocresía diplomática. A un paso de la Hauptbahnhof, un coro de bienvenidas se mezcla con gritos de desesperación: la ciudad que alberga el Memorial del Holocausto recibe al hombre que llega de una Siria donde los cristianos vuelven a esconder cruces y los kurdos cuentan sus muertos por miles.

La periodista que ya no puede contar la historia

Eva Maria Michelmann llevaba años documentando la guerra de guerrillas en Rojava cuando desapareció el 12 de enero. Su último mensaje a la redacción de Die Welt hablaba de “columnas de humo negro sobre Tel Rifaat”. Desde entonces, su familia solo recibe silencio y un folleto repartido ayer en Alexanderplatz con su foto y la leyenda: “Berlín vende armas a su secuestrador”.

Michelmann no está sola. Con ella cayó Ahmed Polad, corresponsal kurdo que grababa cómo milicias afines a Al Sharaa desalojaban pueblos enteros. La organización Hawar eleva a 4.021 los desaparecidos desde la ofensiva que aplazó la primera visita del presidente sirio en enero. Entonces la cancillería inventó “motos de agenda”. Ahora invita a cenar al mismo hombre.

Cristianos con el agua al cuello

Cristianos con el agua al cuello

Mientras los flashes iluminan la Cancillería, en Hama los cristianos encienden velas para que no les pase lo mismo que a sus vecinos de Al-Suqaylabiyah. Allí, el pasado sábado, hombres con pasamontanas recorrieron calles empedradas rompiendo escaparates de panaderías y tiendas de alcohol. “Era una fiesta patronal, no una revuelta espontánea”, me dijo por teléfono Rami, monje ortodoxo que se atrincheró en su monasterio. “Las tropas de Al Sharaa observaron desde la esquina”.

El Centro Kurdo Civak Azad publicó ayer imágenes de una fosa común al este de Alepo: 272 cadáveres, manos atadas, zapatos de escolar. La cancillería se limitó a “tomar nota” y a recordar que “la cooperación antiterrorista es prioritaria”. Traducción: Alemania necesita gas sirio para calentar escuelas este invierno y Al Sharaa necesita legitimidad para apuntalar su nuevo trono.

La alfombra roja de la vergüenza

En la puerta del hotel Adlon, una docena de refugiados sirios agitan la bandiga de la oposición y corean “¡Asesino!”. A cinco metros, la policía antidisturbios protege la limusina oficial. Un activista de 19 años, Omar, se planta delante: “Mi madre está en lista de espera para el reasentamiento humanitario y ahora reciben al tío que la torturó”. La respuesta de la Bundespolizei es un empujón y una orden de alejamiento.

Lo que nadie cuenta es que el canciller Friedrich Merz necesita la foto con Al Sharaa para vender en su congreso de primavera un giro de política exterior: menos Greenpeace, más gasoductos. La ironía es que el mismo partido que en 2015 abrió las puertas a un millón de sirios ahora estrecha la mano al hombre que les hizo huir.

El desfile termina esta noche con una cena privada en el Reichstag. Mientras, los familiares de Michelmann reparten hojas con su número de expediente y la frase: “Alemania no abandona a sus ciudadanos”. La cifra habla por sí sola: desde que Al Sharaa llegó al poder, Berlín ha expulsado 312 sirios y ha invitado a una sola persona: él.

La próxima vez que un ministro alemán levante la copa por la “estabilidad regional”, alguien debería recordarle que detrás de cada brindis hay un desaparecido que ya no puede brindar. Y que las alfombras rojas manchan más que el vino.