Bolivia sacude ypfb: claudia cronenbold asume la presidencia tras la crisis del combustible adulterado

La Paz amaneció con el olor a nafta barata y la certeza de que algo se había roto. A las 10:03 de este lunes, Rodrigo Paz firmó el decreto que saca a Yussef Akly de la presidencia de YPFB y coloca en su sillón a Claudia Cronenbold, ingeniera que lleva 20 años midiendo la densidad del poder en los ductos de Bolivia. Es la segunda mujer en pilotar la petrolera estatal y la primera que hereda una compañía ahogada en goma, manganeso y la ira de 42.000 choferes cuyos motores se fundieron con gasolina importada que parecía barniz.

El país que compra su propia gasolina afuera

Bolivia importa el 100 % del diésel y el 60 % de la gasolina que consume. Lo que parece una simple anécdota de comercio exterior es, en realidad, la radiografía de una nación que apostó todo al gas y despertó sin un solo litro de nafta digno. Desde noviembre, los laboratorios de YPFB detectaron niveles de goma cuatro veces superiores al límite internacional; el manganeso se coló como un espía y los motores estallaron. La semana pasada, La Paz y El Alto pararon. Dos días de bloqueos, piedras contra los tanques vacíos y la promesa de un resarcimiento que hoy suma 3.800 reclamos formales y apenas 147 pagos.

Cronenbold llega con un pie en la tradición y otro en la paranoia. Conoce cada válvula de la planta de separación de Gran Chaco, pero también sabe que el último presidente que intentó limpiar la estatal —Óscar Barriga en 2006— terminó destituido y exiliado en Buenos Aires. «No vengo a decorar el cargo», dijo tras jurar, mientras el presidente prometía que YPFB dejará de ser «la caja de unos cuantos grupos». La frase suena a epitafio: en 18 años, la petrolera tuvo 12 presidentes y un hueco de 1.200 millones de dólares en refinación nunca ejecutada.

El negocio de la nafta mala

El negocio de la nafta mala

Lo que nadie firma es que la contaminación tiene dueño. La goma y el manganeso no viajan solos: se les agrega en el puerto peruano de Ilo para elevar el octanaje de un litro que cuesta 0,42 dólares y se vende en Bolivia a 0,54. La diferencia —8 centavos por litro— se multiplica por los 3,5 millones de barriles que entran cada mes. Hacer la cuenta es entender por qué algunos prefieren nafta adulterada a nafta cara. Cronenbold, antes de aceptar el puesto, exigió control total en el punto de descarga. Le dijeron que sí, pero el contrato con la trading Trafigura —que abastece el 35 % de la gasolina— se renueva en julio y nadie se atreve a tocarlo.

El ministerio de Medinaceli anunció que se ampliará la nómina de importadores. Traducción: entrarán más intermediarios, más mezclas, más incertidumbre. El mismo comunicado prometió «gasolina de mayor octanaje sin modificar el precio». La proclama suena a milagro: elevar la calidad sin tocar la tarifa es la fórmula que quebró a YPFB en 2014, cuando el Estado absorbió la diferencia y la estatal perdió 580 millones en un trimestre.

La cuenta que llega por whatsapp

Mientras el presidente hablaba de «segundo tiempo» y «sueños», los mecánicos de El Alto enviaban fotos de pistones perforados a un grupo llamado «Nafta Asesina». La imagen de un Toyota Corona con el bloque partido como un melón recorrió Bolivia en tres horas. El dueño, Feliciano Quispe, transportista de 52 años, pidió 4.800 dólares de resarcimiento. Le ofrecen 1.200 y un kit de conversión a gas natural. «Prefiero que me devuelvan el motor a cambio de una pipa llena de humo», me dijo por teléfono, mientras su camión seguía tirado en la avenida 16 de Julio.

El plan oficial promete acelerar los pagos y extender la reconversión a GNV. Suena a plan social, pero hay un dato enterrado: Bolivia solo tiene 72 estaciones de gas natural vehicular para 2,9 millones de autos. Convertir un motor cuesta 900 dólares; el Estado aportará 300. Hacer la división es descubrir que el subsidio alcanza para 8.000 vehículos. El resto seguirá tragando gasolina mientras dure el dinero.

El olor a nafta que no se va

Cronenbold sabe que tiene 90 días. Transcurrido ese plazo, o la nafta mejora o vuelven los bloqueos y su nombre se suma a la lista de presidentes que se fueron con el olor a combustible pegado en la ropa. La ingeniera ya pidió el informe forense de los tanques de Santa Cruz: hay 38.000 barriles que no sirven ni para encender una estufa. La destrucción costará 6 millones y medio. El presidente le dio vía libre, pero el Consejo de Ministros debe aprobar la partida el viernes. Entre tanto, los camiones siguen estacionados, los motores oxidados y la goma flotando como una maldición.

La primera medida de Cronenbold fue cancelar la licitación de julio y convocar a una consultoría independiente. La segunda, más silenciosa: pidió los nombres de los importadores que ganaron los últimos 18 contratos. La lista duplica la temperatura en La Paz. Si la publica, estalla el escándalo; si la guarda, se la traga la misma máquina que rompió los motores de los bolivianos. La nafta mala tiene fecha de vencimiento: el 15 de julido, cuando se acabe el stock y Bolivia tenga que volver a comprar afuera. Hasta entonces, el país entero respira el humo de una deuda que ya olía a quemado mucho antes de que Claudia Cronenbold subiera al octavo piso de YPFB.