Calarcá ordenó matar mientras pactaba paz: la fiscalía liberó a los sicarios
Las balas volaron incluso cuando el cese al fuego firmado por el Gobierno y la disidencia de Alexander Díaz —alias Calarcá— seguía en pie. El 6 de enero de 2024, mientras los negociadores hablaban de dejación de armas, el líder guerrillero escribía en su chat: «Maten a ese tipo». La víctima, un excombatiente desarmado, cumplió órdenes. Murió esa misma noche.
La conversación, interceptada por la Policía y a la que Vitalia Natural ha tenido acceso, forma parte de un paquete de pruebas que la Fiscalía General ordenó archivar apenas horas después de la captura de siete jefes del Estado Mayor de Bloques y Frentes (EMBF) en Anorí, Antioquia. El argumento: eran «gestores de paz». La orden de libertad llegó antes de que los peritos leyeran los teléfonos incautados.
La niña de 14 años que pasó del aula al campamento
Entre los archivos que nadie quiso ver hasta que Noticias Caracol los destapó hay un video que Calarcá envió a su escolta. Se ve a una adolescente con trenzas, uniforme verde oliva y un fusil HK que le cuelga hasta la rodilla. «Ya está lista para el pelotón de primera línea», dice el audio. La fecha: 23 de marzo de 2024, tres meses después de que el grupo firmara el compromiso de «no usar menores bajo ninguna circunstancia».
La menor es hija de un campesino de Uribe, Meta. Los guerrilleros llegaron a su vereda con panfletos y un pollito asado. El reclutamiento fue exprés: misa forzada, juramento con sangre de gallo y un nuevo nombre de guerra, «Sonia», que nadie en su familia volvió a pronunciar. El padre denunció, pero la respuesta del Último Grupo de Negociación fue que «no podían garantizar seguridad en la zona».

El asesinato que nadie firmó
Juan Gabriel Hurtado firmó la paz en 2017. Se quedó en Anorí, abrió una tienda de motores de lawn mower y evitaba hablar de política. El 5 de enero, un vecino lo escuchó quejarse de que «Calarcá cobra vacuna a los ganaderos como si fuera el Estado». Al día siguiente, dos hombres en moto lo sacaron de la casa. El chat registra la confirmación: «¿Lo recogieron? Sí, ya está dando vueltas por el río».
La orden escrita tenía un sello casi burocrático: «Dejarlo por ahí, que lo recojan». El cadáver apareció con dos tiros en la cabeza y una nota: «Por sapo». La víctima número 17 de un cese al fuego que, en la práctica, solo blinda a los que disparan.
La Fiscalía reabrió el caso la semana pasada, tras la filtración de los chats, pero el daño ya está servido: Calarcá sigue en la mesa de diálogo en Caracas, los siete jefes liberados recuperaron sus teléfonos y la niña de 14 años sigue cargando el fusil que le queda grande. El Gobierno habla de «paz total»; los forenses, de fosas que crecen mientras hablamos.