Cali desangra la defensa propia: una puñalada y la libertad que enciende la polémica
Una riña entre vecinas, dos cuchillos, una muerta y la otra en la calle tras cuarenta y ocho horas de declaraciones. Cali amaneció con la libreta de defunción en la mano y el debate jurídico en la boca: ¿puede la legítima defensa justificar una puñalada en el pecho cuando ambas llegaron al encuentro armadas?
El forcejeo ocurrió en el barrio Mojica, la zona que ya encabeza el escalafón de homicidios en la capital vallecaucana con 22 casos en lo que va del año. Según la Policía, las mujeres se cruzaron a las 9:30 p.m. del martes en la carrera 24 con calle 13. Testigos dicen que la discusión empezó por un celular robado días atrás; otras versiones hablan de una deuda de mil pesos por una botella de aguardiente. Lo cierto es que, en menos de un minuto, los insultos se convirtieron en golpes y los golpes en acero desnudo.
El video que nadie quiere enseñar
Las cámaras de seguridad del kiosco Don Leo grabaron el momento en que Yulieth Méndez, de 28 años, saca un cuchillo de cocina de entre el pantalón. La otra mujer, aún sin identidad oficial, responde con un cortaplumas. El primer golpe lo da Méndez; la réplica es una estocada certera debajo del esternón. Caen ambas. Sólo una se levanta.
La Policía llegó cuando el desangre ya manchaba la acera. La sobreviviente fue esposada y llevada a la URI de la Fiscalía. Al día siguiente, un fiscal de guardia ordenó su libertad tras concluir que “existía riesgo inminente para su integridad”. El expediente, sin embargo, sigue abierto y la indagación podría reconvertirse en homicidio agravado si la pericia balística –sí, también se aplica a las armas blancas– demuestra una reacción desproporcionada.

Cuchillos como llaves del bolsillo
En los barrios 1, 2 y 3 de Mojica hay más filos que postes de luz. El estudio de convivencia que encargó la alcaldía en febrero revela que el 63 % de los habitantes mayores de 15 años ha portado un arma blanca al menos una vez en el último semestre. La excusa es casi siria: “Para defenderse”. El alcalde Alejandro Eder lo admite: “Hemos normalizado el miedo y lo llamamos cultura ciudadana”.
La cifra habla por sí sola: en lo que va del año se han incautado 1.427 cuchillos en operativos de cuadrantes, pero sólo 312 han terminado en denuncia penal. El resto regresa a la calle con su dueño tras pagar una comparendez de convivencia que cuesta 108.000 pesos, menos que una entrada de cine.

La fiscalía que no fía
La delegada ante la Policía, María Paulina Riveros, advierte que la libertad no es absolución. “La legítima defensa en Colombia exige tres condiciones: agresión real, necesidad racional y proporcidad. Aquí hay una grieta: si ambas participantes estaban armadas, ¿quién es la agresora?”. La respuesta llegará en al menos seis meses, cuando el Instituto Nacional de Medicina Legal entregue el análisis de trayectoria y profundidad de la herida.
Mientras tanto, la calle juzga. En el grupo de WhatsApp “Vecinos de Mojica al día” circula un audio de la madre de Yulieth: “A mi hija la mataron y la otra está tomando cerveza”. En la esquina de la tienda, un hombre que pide callarse el nombre asegura: “La de amarillo se defendió, pero se le pasó la mano. Aquí eso se paga con plata o con sangre”.
Cali, la ciudad que apuñala sus noches
El sábado anterior al crimen se registraron 9 de los 165 homicidios del año. La noche es cuando la ciudad suelta el filo: entre las 9 p.m. y las 12 a.m. se concentra el 42 % de las muertes violentas. El domingo, los casos bajan a la mitad: la gente guarda el cuchillo para la misa o el partido de la Liga.
La psicóloga forense Claudia Caicedo, que estudió 378 homicidios de jóvenes en 2025, tiene una frase que duele: “En Cali el código de honor se mide en centímetros de hoja. La legítima defensa es la coartada perfecta para saldar cuentas”.
La mujer que sobrevivió ya abandonó el barrio. Lleva el cuchillo como evidencia, pero también como peso. La fiscalía podrá demostrar que la estocada fue excesiva o confirmar que, en este rincón de Colombia, la línea entre víctima y verdugo se llama filo y se disuelve en la oscuridad. Mientras tanto, Mojica duerme con la luz prendida y la mano bajo la almohada. El cuchillo vuelve a ser la llave que abre la puerta de cada casa.
