Cartagena estrena dos buques que blindarán el caribe colombiano ante el crimen
La Armada acaba de ponerle freno físico al narcotráfico que se cuela por la Guajira: un patrullero capaz de correr a 74 km/h y un remolcador de 32 toneladas de empuje ya flamean su pabellón en Cartagena. El mensaje es claro: el Estado se metió en el agua para quedarse.
Un misil de 20 metros llamado henry moreno
El ARC “Cabo Primero Henry Moreno Nieto” no necesita presentación: 20,3 m de eslora, 40 nudos de velocidad punta y un radar que detecta lanchas rápidas a 24 millas. Fabricado en los astilleros de Cotecmar, es la primera unidad tipo A que se entrega este año y la número cinco de la serie que sustituye a los “Piraña” que patrullaron durante dos décadas. A bordo viajan once hombres, dos oficiales y nueve subalternos que dormirán en literas recién estrenadas, algo impensable en los viejos interceptoras donde el mar entraba por los ojos de buey.
El teniente de navío Johnny Jesús Saltarín Gale asumió el mando con la misión de reducir a la mitad el tiempo de respuesta en alertas de tráfico ilícito. La cifra habla por sí sola: antes tardaban 45 minutos en llegar a la línea de 12 millas; ahora lo hacen en 18. La diferencia es un alijo de cocaína que ya no atracará en la costa de La Guajira.

Ciénaga de la virgen: la mano invisible del puerto
Mientras tanto, el remolcador ARC “Ciénaga de la Virgen” se quedó atracado en la Base Naval ARC Bolívar como un guardián silencioso. Con 24 m de eslora y 50 toneladas de peso, empuja buques de hasta 60 000 TPB sin que el viento ni la corriente le discutan. Fabricado en China por Damen y certificado por Bureau Veritas, es la segunda unidad de su clase que llega tras el “Bahía de Cartagena”, entregado en 2022. Su trabajo no sale en portadas, pero sin él los porta-contenedores quedarían a la deriva y los cruceros cancelarían escalas. El teniente de corbeta Andrés Camilo Osorio Munevar lo resume en una frase: «Nosotros somos el primer abrazo que recibe un buque cuando entra a Colombia; si fallamos, se cae el puerto».
El almirante Juan Ricardo Rozo Obregón, comandante de la Armada, subió al estrado con el orgullo de quien sabe que cada nuevo casco es una trinchera flotante. «Estas embarcaciones no son solo acero y motores; son la presencia visible del Estado donde antes sólo había plataforma ilegal», dijo ante la plana mayor reunida en el muelle de Varadero. A sus espaldas, los dos buques lucían el gris táctico recién pintado y el olor a brea aún sin disipar.
La ceremonia duró 23 minutos, el tiempo justo para izar los pabellones, develar las placas y brindar con agua de coco. Luego, los motores rugieron y las proas apuntaron al horizonte. El Caribe, que tantas veles ha tragado, esta vez vio partir dos guardianes que prometen devolverle el control a quienes navegan con papeles y no con contrabando.
