Castillo entrega su sombrero desde la cárcel y revive la fábrica de relatos que paraliza al perú

Pedro Castillo no tiene voto, pero tiene símbolo. Desde el penal Barbadillo, donde cumple prisión preventiva por rebelión, acaba de entregar su sombrero a Roberto Sánchez, el candidato que el sondeo Ipsos coloca apenas en sexto lugar y que ya promete «recuperar el gobierno del pueblo» el 12 de abril de 2026.

El sombrero que no se dobla

La escena parece sacada de un guión barato: un exmandatario destituido, un exministro que saltó del barco horas antes del intento de golpe y ahora se reclama heredero, y un prenda de lana que se transforma en reliquia electoral. Pero en el Perú el kitsch político vende. Castillo lo sabe. Por eso, en su misiva firmada como «presidente constitucional», no solo bendice la candidatura de Sánchez: ordena que el sombrero lo preceda por la ruta castillista hasta Palacio.

El problema es que la ruta existe de verdad. Son 3 200 kilómetros de caravanas, mitines y caravanas que, desde Cajamarca hasta Lima, repiten la consigna «no al vacado». El mensaje circula en TikTok, en Facebook, en los grupos de WhatsApp donde la palabra «traidor» se aplica a cualquier diputado que haya votado la destitución. Y ahora, también, en la cuenta de X donde Castillo publicó la foto del sombrero posado sobre un sobre blanco: «Roberto, gracias por cuidarlo. Saluda y abraza a nuestro querido pueblo».

La cuenta pendiente de octubre de 2022

La cuenta pendiente de octubre de 2022

Lo que nadie cuenta es que Sánchez Palomino, entonces ministro de Comercio Exterior, fue uno de los pocos que renunció minutos después del mensaje presidencial del 7 de diciembre. La denuncia por rebelión quedó archivada, pero el expediente sigue abierto en la memoria de los fiscales. El candidato lo sabe y por eso cada acto de campaña empieza con el mismo mantra: «No soy castillista, soy castillo». La frase suena a contradicción, pero funciona: en los últimos días subió 2,4 puntos y ya roza el 6 % de intención de voto.

La cifra habla por sí sola: uno de cada 20 peruanos estaría dispuesto a votar por un exfuncionario que juró romper con Castillo y ahora se postula con su sombrero. El fenómeno no es ideológico; es identitario. En las zonas rurales de Cajamarca, Apurímac y Ayacucho, el sombrero sigue siendo el único trofeo que la élite no logró confiscar. Entregarlo es, para miles de campesinos, una señal de que la derrota del 2022 fue solo una pausa.

El poder de los símbolos en tiempos de precariedad

El poder de los símbolos en tiempos de precariedad

El Perú de 2026 no tiene tiempo para metanarrativas. La inflación en alimentos supera el 9 %, la minería formal despide personal y la delincuencia organizada cobra peaje en las carreteras que comunican la sierra con la costa. En ese contexto, el sombrero de paja se convierte en escudo contra la incertidumbre: quien lo porta promete que volverá el subsidio gas, el bonificación escolar, la palabra «profesor» como título de respeto.

Castillo lo entendió antes que nadie. Por eso, desde la celda que comparte con un exalcalde acusado de corrupción, dicta los temas de cada día: hoy toca rechazar a los «candidatos de la derecha disfrazada de izquierda»; maña, denunciar a la prensa mercenaria; pasado, recordar que el 12 de abril «el pueblo recuperará lo que le arrebató el Congreso». El manual es simple: un enemigo, una promesa, un símbolo. Repetir hasta el cansancio.

Roberto Sánchez, mientras tanto, recorre Huancayo con el sombrero puesto y la camisa abierta. No habla de programas de gobierno; habla de «dignidad». No propone reformas; propone «recuperar la voz de los humildes». En cada parada, un asesor de imagen le susurra al oído cuánto tiempo debe mirar a la cámara antes de soltar la lágrima. La técnica funciona: las mujeres lo abrazan, los mototaxistas tocan bocina al pasar y los vendedores de emoliente le regalan el vaso con la leyenda «para que no olvides de dónde vienes».

El final del cuento no está escrito

La elección aún está a 40 días y la tendencia puede romperse de un día para otro. Pero el daño simbólico ya está hecho: un sombrero de paja acaba de convertirse en pasaporte electoral. Y mientras la clase política limeña debate alianzas y distribuye curules en los late night, en la carretera Panamericana sur ya circula la primera caravana de camionetas con el lienzo «Sánchez presidente» y la foto de Castillo sonriendo desde el balcón de Palacio. El mensaje es brutal: el expresidente no necesita salir de la cárcel para seguir gobernando la narrativa. Le basta con un sombrero y un candidato que acepte usarlo.

El Perú entero volverá a votar en abril. Pero esta vez, además de elegir presidente, elegirá qué hacer con el símbolo que nadie logró enterrar. La pregunta no es si Sánchez llegará al balcón. La pregunta es si, una vez allí, se atreverá a quitarse el sombrero.