Castillo manda su sombrero desde la cárcel y revive la fiebre castillista en la campaña
Pedro Castillo no puede ni tocar la suela de un zapato sin custodia, pero su sombrero de paja anda libre por los Andes. El mismo que usó el 7 de diciembre de 2022, minutos antes de disolver el Congreso, ahora lo enchufa sobre la cabeza de Roberto Sánchez, su exministro y candidato presidencial que crece en las encuestas como la sorpresa rural de esta carrera desquiciada.
El gesto que enciende la memoria del campo peruano
El video, grabado en la cárcel de Barbadillo y publicado en la cuenta de Twitter que maneja su entorno, dura 42 segundos. Castillo, sin afeitar, con la mirada de quien ya no cuenta los días sino las batallas perdidas, entrega el sombrero como quien pasa una bandera a un soldado que no sabe si volverá. «Recorre la ruta castillista», le dice. La frase suena a consigna de barricada, pero en realidad es un mapa electoral: Cajamarca, Amazonas, Huánuco, Pasco, los territorios donde el voto indígena y castellanohablante sigue creyendo que Lima lo secuestró todo.
Sánchez, ingeniero agrónomo que fue ministro de Producción cuando el presidente intentó cerrar el Parlamento, aceptó el traspaso con la solemnidad de un bautizo. Lleva tres semanas recorriendo pueblos que Google Maps ubica como un punto gris: Chinchao, Tocache, Luya. Allí nadie habla de constitución ni de fiscalía; hablan de «el maestro» y de «la traición». La cifra habla por sí sola: Datum lo coloca cuarto con 7,4 %, pero en zonas rurales supera el 20 %. La brecha urbana-rural vuelve a ser el espejo roto del Perú.

La alianza que nadie firmó en papel
Castillo no pudo inscribir su partido, Todo con el Pueblo, a tiempo. El órgano electoral lo dejó fuera por una firma mal escaneada. Solución: Sánchez abrió las listas de Juntos por el Perú y colocó allí a los hermanos del expresidente, al cuñado, al exjefe de seguridad. Es un matrimonio de conveniencia que huele a pólvora y a votos. El exgobernante, condenado a 11 años y cinco meses por rebelión, no puede ser candidato, pero puede ser dueño del candidato. Y eso, en la lógica peruana, es casi lo mismo.
La campaña de Sánchez no tiene aviones ni spots en prime time. Tiene camionetas sin seguro y altavoces que repiten «volveremos» en quechua. El mensaje cala: en Cajamarca, donde Castillo arrasó con 62 % en 2021, los mercados vuelven a colgar carteles de «No al vacío legal». La gente no pide programa; pide justicia con sabor a revancha.
El 12 de abril, la hora de la mochila
En Lima, los analistas siguen obsesionados con la polarización Keiko-López Aliaga. Pero en la sierra la pregunta es otra: ¿cuántos sombreros más pueden salir de la cárcel? Hay 27 millones de convocados y 35 candidatos, la cifra más alta de la historia. Si nadie pasa el 50 %, la segunda vuelta será el 7 de junio. La incógnita ya no es quién gana, sino quién podrá gobernar un país donde el voto rural ya no pide obras: pide cabezas. Y donde un sombrero de paja, trasladado de celda en celda, puede terminar decidiendo la próxima mascota del poder.
