Ceci flores abraza un puñado de huesos y le promite a su hijo: 'no te faltará ni un centímetro'

El desierto de Sonora le devolvió a Ceci Flores una parte de lo que le arrebataron hace siete años: un puñado de huesos calcinados que, quizá, sean la clavícula o la tibia de Marco Antonio. El resto —el alma, la risa, la mitad del cuerpo— sigue esparcido entre la zarzamora y la impunidad.

La promesa que se cumple a medias

A las 10:37 del 24 de marzo, la fundadora de Madres Buscadoras de Sonora se arrodilló en la carretera 26, km 46, y gritó frente a su celular: «¡Te encontré, hijo!». Detrás de ella, el viento levantaba polvo y ceniza; delante, un montón de fragmentos óseos que la Fiscalía ya custodiaba. Cinco días después, el laboratorio confirma lo que ella temía: los restos están tan descalcificados que el ADN se resiste a salir. «Los huesos parecen esponja», dijo un perito sin mirarla a los ojos.

Flores no llora. Lleva casi siete años secándose las lágrimas con la camiseta de su hijo y ahora prefiere hablar de «tiempo geológico». «He esperado casi siete años; unos días más no me van a doblar», dice mientras aprieta en su bolso una bolsita de papel donde guarda las radiografías de Marco Antonio. La Fiscalía le advirtió que tal vez solo tenga el 30 % del esqueleto. Ella respondió: «A mí no me entregan un hijo en cuotas».

El desierto que come huesos y evidencias

El desierto que come huesos y evidencias

El lugar donde aparecieron los restos es un predio de 40 hectáreas que el crimen organizado usó como crematorio clandestino entre 2018 y 2021. Los peritos estiman que allí podrían haber más de 300 cuerpos; solo 12 han sido identificados. La calcinación a 800 °C durante horas deja los huesos quebradizos y borra hasta la huella del maltrato. «Aquí el fuego borra el dolor, pero también la justicia», susurra una trabajadora forense que pide no ser nombrada.

La clave para saber si ese fragmento es Marco Antonio está en un hueso del oído interno —el martillo— que resiste mejor el calor. El laboratorio de la FGR intentará extraer ADN mitocondrial y contrastarlo con el de la madre. El proceso puede tardar entre 15 y 45 días, un plazo que para Flores es «una eternidad química».

La batalla que empieza después del hallazgo

La batalla que empieza después del hallazgo

Mientras espera resultados, Ceci regresa al cerro con su machete y su escuadrón de madres. «Aquí falta la otra mitad de mi hijo y la mitad de muchos más», dice antes de partirle la maleza a un vecino que le presta su camioneta. En su mochila lleva fotocopias de denuncias, una pala y una caja de ziplocs. «No voy a dejar que el desierto se los trague otra vez».

El colectivo que fundó tras la desaparición de Marco Antonio ha localizado 1.873 restos en los últimos cinco años; 412 ya tienen nombre. La cifra habla por sí sola: detrás de cada hueso hay una madre que se negó a aceptar el silencio oficial.

El viernes pasado, Ceci volvió a la carretera 26 con una docena de voluntarios. Cavaron 23 hoyos y encontraron una dentadura completa, una gorra de beisbol y la hebilla de un cinturón. «Nada es Marco Antonio, pero todo es alguien», dice mientras guarda los objetos en bolsas marcadas con fecha y coordenadas. Luego enciende un cigarro y mira el horizonte: «El desierto me devolvió un trozo de hueso; yo le voy a devolver la verdad».