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Argentina mete su satélite en la órbita de la luna y le pone el pecho a la nasa

Un cubo de 20 × 20 × 30 cm construido en un pasillo de Ingeniería de la UBA se colará esta semana entre los gigantes de la NASA y orbitará la Luna al doble de altura que los satélites de televisión. Se llama Astar y es la primera nave latinoamericana en formar parte de la flota Artemis: la estación de relevo que prepara el regreso humano al satélite terrestre.

El lanzamiento está fijado para el miércoles desde Cabo Cañaveral. Si el clima respeta, el cohete llevará a bordo al pequeño CubeSat argentino hasta un punto inédito: 72 000 km sobre el cráterado suelo lunar. Allí medirá radiación cósmica, probará GPS a alturas donde los navegadores dejaron de funcionar y enviará los datos a la estación de Tierra del Chaco. Corea del Sur, Alemania y Arabia Saudita también envían hardware. El resto del continente mira desde la vereda.

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La historia arranca en 2023, cuando el director de la NASA pisó la Facultad de Ingeniería sin saber que estaba pisando un laboratorio que comparte corriente con el buffet estudiantil. La agencia buscaba experimentos pequeños, baratos y desechables que pudieran soportar el infierno de radiación que acechará a los astronautas de Artemis. La UBA presentó siete borradores; uno incluía una placa micro-impresa hecha con la misma aleación que usan los cohetes INVAP para la CONAE. La NASA probó la pieza, la sometió a vacío, vibración y un horno de 150 °C. Sobrevivió. Firmaron.

Lo que no firmaron fue un cheque. El presupuesto oficial de la Universidad de Buenos Aires no alcanza ni para pintar el ascensor del nuevo edificio de Paseo Colón. «Compramos componentes con lo que sobró de un subsidio de la CONAE y con donaciones de ex-alumnos que hoy trabajan en Silicon Valley», confiesa Alejandro Martínez, decano de la FIUBA. «El resto lo pagamos con horas de docentes que cobran menos que un mozo en Palermo». La ironía: el satélite que orbitará la Luna costó menos que un departamento de dos ambientes en Belgrano.

El estudiante que diseñó el corazón del satélite y aún no se recibió

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Franco Spadachini tiene 24 años, cursa el último año y ya firmó el plano de una computadora que volará a 72 000 km. «Cuando me saquen la foto en la NASA, mi abuela va a pensar que me recibí», dice entre risas que esconden ojeras. Su tarea: que el Astar mantenga la orientación sin gyroscopios caros, solo con sensores de sol y un algoritmo que él escribió en lenguaje C sobre una netbook que se apaga si no está enchufada. El desafío no es académico: una desviación de cinco grados convertiría al CubeSat en chatarra espacial.

El satélite lleva grabado un código QR que, al escanearlo, reproduce una milonga de Discepolo. «Para que la Luna sepa que llegó el tango», justifica Spadachini. La NASA, que prohibe mensajes políticos, aceptó la pieza musical porque figuraba como «test de almacenamiento de datos». Primera censura evadida con ingenio criollo.

Por qué esta nave cambia el tablero geopolítico (y el salario de un investigador)

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Argentina ingresa a un club que hasta ayer estaba reservado para potencias con portaaviones y deuda triple A. El país se coloca junto a Italia y la India como proveedor de tecnología para la nueva carrera lunar, esa que China y EEUU pelean con fecha límite 2026. El contrato no trae dólares, pero sí llaves: acceso directo a datos de radiación que servirán para diseñar escudos contra galácticos y, quizá, patentes que podrían licenciarse a futuros hoteles orbitales.

La noticia llega mientras la UBA pierde 200 investigadores por año porque un ayudante de primera gana 180 000 pesos, menos de 200 dólares. «El Astar orbitará la Luna, pero nuestros científicos orbitan la pobreza», resume Martínez. El mensaje implícito: si el Estado no pone la plata, al menos no ponga trabas.

El miércoles, a las 16:17 hora argentina, el cohete despegará y el pequeño cubo empezará a transmitir. Si todo va bien, la primera señal llegará a la antena de Benavídez 20 minutos después. Será un bip de 0,3 segundos. En ese chirridito estarán el tango, la aleación patagónica y el desafío de una generación que aprendió a construir satélites antes que conseguir un crédito hipotecario. La Luna no entiende de crisis, solo de gravedad. Y, por primera vez, un trozo de Argentina le hablará en su propio idioma: el de la Ciencia que se hace con ganas.