Argentina vive el autismo a ciegas: sin datos oficiales, las escuelas y hospitales ya colapsan

En la Facultad de Derecho de la UBA hay un sillón rojo que nadie quiere ocupar: es el que usan las madres cuando terminan de hablar y el micrófono pasa al siguiente orador. Allí se desploman. No lloran de tristeza, sino de vértigo: acaban de contar que hace seis meses esperan un turno para evaluar a su hijo, que la escuela pública les dijo que «no hay vacante con acompañante», que el seguro no cubre terapia conductual y que, encima, el Estado no sabe cuántos son. La Semana Azul acaba de comenzar y ya hay 148.710 certificados de discapacidad por TEA en la argentina. La cifra real, advierten los especialistas, se multiplica por tres. Sin embargo, el INDEC no pregunta. Y sin preguntar, no se puede planificar ni un aula, ni un hospital de día, ni un subsidio.

El 1 de cada 31 que nadie quiere ver

La última Encuesta Azul —esa que las ONG tuvieron que financiar porque el Estado no la hace— revela que uno de cada 31 chicos del país ya tiene diagnóstico confirmado de autismo. El salto es escandaloso: hace veinte años la proporción era 1/150. El incremento, 400 %, no es un error de calculadora: es la foto de una epidemia que nadie se atreve a declarar. Brasil ya incluyó la pregunta en su censo 2022 y encontró 1/38. Estados Unidos, 1/31. La argentina prefiere no saber. «No hay presupuesto», dicen en Desarrollo Social. «No es prioridad», susurran en Salud. «No es competencia», se excusan en Educación. Y el tiempo pasa, los chicos crecen, y las listas de espera se convierten en listas de frustración.

La falta de estadísticas no es un defecto burocrático: es un vacío que se traduce en menos maestros especializados, menos kinesiólogos, menos fonoaudiólogos y más familias que terminan pagando terapias privadas con tarjeta de crédito. El modelo explota en el mismo momento en que más se necesita. La doctora Verónica Martorello, docente de educación especial, lo resume con una metáfora cruel: «Estamos construyendo el paracaídas después del salto».

Cuando la ley no alcanza y la escuela se niega

Cuando la ley no alcanza y la escuela se niega

La Ley Nacional 27043 —sancionada hace ya siete años— establece el abordaje interdisciplinario del TEA. La Ciudad de Buenos Aires recién la adhirió en diciembre de 2025. La norma, sin embargo, no sirve si no hay vacantes. Genoveva Ferrero, subsecretaria en el Consejo de la Magistratura y madra de un niño con autismo, recuerda cómo consiguió que se obligara a las escuelas privadas a publicar sus cupos: «Tuve que llevar once familias a juicio para que aprendieran que ocultar vacantes es discriminación». La traba no es solo económica: es cultural. El 87 % de los argentinos cree que la sociedad está «muy poco informada» sobre el autismo. Es decir: antes de discutir inclusión hay que discutir desconocimiento.

El resultado es un círculo vicioso perfecto: sin datos el Estado no planifica, sin planificación no hay docentes capacitados, sin docentes los chicos se quedan afuera, y cuando se quedan afuera nadie los cuenta. La invisibilidad se institucionaliza.

El deporte, la comunicación y el derecho: tres puntos que ya no dan más

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En el mismo predio donde se firmó el petitorio hay una cancha de rugby adaptado. Federico Ambrosetti lleva tres años pidiendo subsidio para expandir el programa en el San Isidro Club. «Los clubes nos abren la puerta, pero el Ministerio de Deportes no tiene partida presupuestaria», dice. El mensaje se repite en la mesa de derecho: la jueza Marcela De Langhe advierte que cada vez que un adulto con TEA pide una pensión, el expediente demora entre dos y cuatro años. «El Estado exige pruebas que él mismo no produce», ironiza. Y si la justicia es lenta, la comunicación es una trampa: la mayoría de las campañas siguen mostrando al autismo como una «enfermedad infantil», cuando el 40 % de los diagnosticados ya tiene más de 18 años.

Por eso la Semana Azul no pide conciencia: pide base de datos. El documento que firmaron 24 ONG es técnico, breve y brutal: quiere que el INDEC agregue cinco preguntas en la EPH, que el Ministerio de Salud incorpore el código CIE-10 en todas las historias clínicas, que Educación distinga TEA dentro de la categoría «discapacidad». Costo estimado: 12 millones de pesos. Menos que un helicóptero para un ministro.

Una promesa que no puede esperar otro censo

La primera jornada terminó con el Obelisco iluminado de azul y un grupo de madres que ya no pide «comprensión»: pide números. Porque los números son camas de internación, son maestros de apoyo, son licencias laborales pagadas, son jueces que no dudan, son médicos que diagnostican a tiempo. Mientras tanto, la argentina sigue siendo el único país de la región que no incluye el autismo en sus censos. La excusa de siempre es que «es complejo». Lo que nadie dice es que no medir es también una política de Estado: la política de no hacer nada.

El próximo censo nacional será en 2030. Si el Gobierno espera hasta entonces, habrá medio millón de chicos creciendo sin ruta, sin escuela, sin futuro contado. La semana azul termina el 5 de abril. El tiempo, en cambio, no termina nunca. Y los que perdieron el tren del diagnóstico ya saben que la esperanza no cura, pero la estadística salva.