El telescopio webb huele a huevo podrido en un planeta de 1900 °c
Un olor a huevo pasado cruza 35 años luz y llega hasta nosotros. La NASA acaba de certificar que el exoplaneta L 98-59 d apesta a sulfuro de hidrógeno, respira gases de azufre y camina sobre un océano de magma que ronda los 1900 °C. La noticia, publicada en Nature Astronomy, desmonta el catálogo de mundos pequeños que veníamos usando: este lugar no es Tierra, ni Marte, ni una Neptuno en miniatura; es un tipo nuevo, un infierno azul que conserva la atmósfera gracias a un manto de silicato fundido.
Una atmósfera que se inventó sola
El truco está en el magma. Durante miles de millones de años el planeta ha almacenado azufre en su interior y lo ha ido soltando en forma de dióxido y sulfuro de hidrógeno. El gas, tan denso como antipático, se queda ahí, flotando, porque el océano de rocha líquida funciona como una válvula de presión que reabastece la atmósfera cada vez que la marea interna remueve el manto. Harrison Nicholls, del equipo de Oxford, resume la escena: «Estamos viendo un planeta que se escapa de las etiquetas que usábamos para los rocosos». Traducción: la clasificación de mundos acaba de quedarse corta.
El Telescopio Espacial James Webb fue el primer nariz cósmico. Sus espectrómetros captaron la firma química del sulfuro y midieron la densidad del planeta, apenas dos tercios de la terrestre a pesar de ser 1,6 veces más grande. Esa combinación solo tiene un nombre: interior inflado por magma y una envoltura gaseosa que no se atreve a irse. Los modelos informáticos que Oxford usó para retrotraer 5 000 millones de años concluyen que L 98-59 d nació gordo, lleno de volátiles, y fue perdiendo masa hasta convertirse en esta esfera candente que hoy observamos.

El mapa químico de la galaxia huele mal
El hallazgo no es un caso aislado. Hace meses el mismo JWST detectó sulfuro de hidrógeno en HD 189733 b, un Júpiter caliente a 64 años luz donde llueve vidrio fundido a 8 000 km/h. Ahora sabemos que el azufre viaja en planetas grandes y pequeños, en atmósferas livianas y densas, en mundos que rozan los 900 °C y en otros que se pasan de los 1 900 °C. Guangwei Fu, de Johns Hopkins, lanza la advertencia: «No buscamos vida aquí, pero cada molécula que identificamos es una pieza para entender dónde puede estar». La química del huevo podrido se convierte en brújula.
La comunidad planetaria ya trabaja en una etiqueta nueva: mundos sulfurosos de magma. No son rocosos, ni oceánicos, ni gaseosos; son una tercera vía que conserva la atmósfera gracias al intercambio continuo entre interior y exterior. Raymond Pierrehumbert, coautor del estudio, lo dice sin dramatismo: «Podemos sonsacarle el interior a un planeta que jamás pisaremos». La frase suena a prosa, pero es la mejor síntesis de lo que acaba de ocurrir: la primera vez que un olor nos cuenta la historia de un mundo que ni siquiera podemos fotografiar de cerca.
El mensaje es claro: la galaxia huele peor de lo que creíamos. Y cada molécula que detectemos será una nueva coordenada en el mapa de lo que aún no hemos tocado.
