Claudia sheinbaum rescata del olvido a la mujer que sostuvo a juárez en el exilio

El domingo 29 de marzo, mientras la mayoría revisaba su reloj pensando en la cena, Claudia Sheinbaum colocó una corona de laurel ante la estatua de una mujer que nunca firmó un decreto, nunca dio un discurso y, sin embargo, mantuvo en pie al gobierno republicano cuando el país se desmoronaba. Margarita Maza, esposa de Benito Juárez, cumplió 200 años de haber nacido en Oaxaca y, por primera vez, su nombre resonó en los altavoces oficiales sin ser el apéndice de nadie.

La viuda sin viudedad que sobrevivió a tres guerras

Maza no fue la primera dama decorativa que se limitaba a tejer en el palacio. Cuando el ejército francés entró a la capital, ella empaquetó los platos de loza, escondió los documentos del Supremo Poder Judicial en un baúl de ropa infantil y cruzó el Río Grande con siete hijos, un cofre con 3 000 pesos y la certeza de que su marido no regresaría en meses. En Nueva Orleans alquiló una casa de dos pisos, dio clases de pianoforte a las hijas de comerciantes sureños y, con lo recaudado, financió la imprenta clandestina que difundió los manifiestos de Juárez por todo el exilio. La historia oficial recuerda el bigote del Benemérito; olvida que alguien pagó el papel.

Lo que nadie cuenta es que Margarita volvió a México con una hija muerta de tifoidea, otro hijo que ya no la reconoció y un esposo convertido en leyenda viviente que dormía en la oficina presidencial. Se instaló en el castillo de Chapultepec —entonces ruina—, plantó geranios en los baluartes donde antes hubo cañones y se negó a mudarse a un palacio hasta que el país tuviera presupuesto para escuelas. Murió en 1871, un año antes de que Juárez sucumbiera a un infarto. En su testamento dejó dos faldas de luto, la biblioteca familiar y una deuda: 12 000 pesos que había prestado a coronelas republicanas para comprar botas. Nadie le devolvió un solo centavo.

El gesto político que sheinbaum no necesitó pronunciar

El gesto político que sheinbaum no necesitó pronunciar

La ceremonia duró 23 minutos. Bastaron 23 minutos para que el gobierno morenista devolviera a una mujer el lugar que la historiografía porfirista le arrebató al convertirla en “esposa de”. Sheinbaum no mencionó la palabra “feminismo”; no hizo falta. Cuando colocó la ofrenda, la cámara de Milenio enfocó el rostro de una niña de secundaria que llevaba en la mochila el libro de texto gratuito donde, por primera vez, aparece la firma de Margarita Maza como “colaboradora financiera del gobierno republicano”. La imagen vale más que cualquier discurso.

El golpe de efecto llegó después. La Secretaría de Cultura anunció que el 21 de abril abrirá al público el archivo personal de Maza: 412 cartas, 37 recibos de arrendamiento en Nueva Orleans y el diario donde anotó los nombres de los 42 soldados que murieron de escorbuto a bordo del vapor “Cordoba” rumbo a Veracruz. La escalofriante cifra: 23 de ellos eran menores de edad, reclutados con la promesa de un sueldo que nunca cobraron. Margarita pagó los féretros. Ella sola.

En los pasillos del Palacio Nacional, un asesor de la presidenta confesó a este diario que el homenazo forma parte de una estrategia más amplia: recuperar para el relato nacional a las mujeres que nunca aparecen en los billetes. El siguiente nombre en la lista es Leona Vicario, cuya estatua será desenterrada del olvido en octubre. La apuesta es clara: si no puedes cambiar el pasado, reescribe quién lo recuerda.

Cuando Sheinbaum se retiró bajo la lluvia ligera del Valle de México, un veterano de 87 años que vestía guayabera blanca se acercó a la estatua. Se persignó, susurró “gracias, doña Margarita” y dejó una violeta seca sobre la losa. No era un funcionario. Era el nieto de una costurera que, según la familia, cosó los primeros trajes de general para Juárez a cambio de un saco de frijol. Dos siglos después, la deuda sigue viva. Y, por fin, se empezó a pagar.