Clausuran el nacional: la salsa dejó la cancha baldía y a sporting cristal sin casa

La madrugada del domingo 29 aún olía a rumba cuando un dron sobrevoló el Estadio Nacional y captó la postal que nadie quería ver: un desierto de tierra batida, baños químicos sembrados en medio del barro y basura plateando los costados. Dos noches de salsa brava —27 y 28 de marzo— convirtieron el templo del fútbol peruano en un solar abandonado. Ahora la Municipalidad de Lima lo cerró, el IPD le endosó una multa de 110 000 soles a la productora Tropic Music International SAC y Sporting Cristal debe buscar cancha alternativa para su partido de Copa Libertadores.

La que quedó: tierra, ruido y vecinos sin dormir

El informe municipal llegó cargado de eufemismos: «alteración del orden público», «superación del umbral sonoro», «uso indebido del espacio». Traducción: la música retumbó hasta las cuatro de la mañana, los residentes de Santa Beatriz llamaron a Serenazgo y el césped —ese manto de bermuda que costó 1,2 millones de soles hace tres años— quedó raído como una alfombra de boliche. Los inspectores encontraron colillas, vasos de plástico y restos de comida en la zona técnica; en los túneles, cables de audio tirados como serpientes; en el cérculo central, la huella de 30 000 pies que bailaron encima del césped.

El contrato firmado entre el IPD y la productora estipulaba «respeto al horario de cierre» (02:00) y «protección del terreno de juego con tarimas». Nada de eso ocurrió. La empresa, especializada en giras caribeñas, prometió «sacar la cancha del estadio» cuando terminó el show. Sacó la gente, no la basura.

El fútbol paga los platos rotos

El fútbol paga los platos rotos

El próximo rival de Sporting Cristal en Libertadores es Botafogo. La Conmebol fijó la fecha para mediados de abril. «Con este pasto no se puede ni entrenar», me dijo un utilero celeste que prefiere no dar su nombre. El club ya activó el plan B: negocia con la Universidad San Marcos y con el estadio de la Universidad César Vallejo en Trujillo. Cambiar de sede implica reprogramar vuelos, hoteles y una logística que ronda los 300 000 dólares.

El IPD, por su parte, anunció que «evaluará descargos» dentro de 48 horas. Mientras tanto, el Nacional permanece con candado. La última vez que ocurrió algo similar fue en 2019, cuando un concierto de reggaeton dejó el césped en idéntico estado y la selección peruana debió mudar un partido clasificatorio a Arequipa. La lección no caló.

La salsa se llevó el ritmo; el fútbol, la vergüenza. Y en medio, Lima vuelve a constatar que no hay un coliseo grande para los megashows. La próxima vez que un productor suene con llenar el Nacional, la respuesta del IPD debería ser la misma que le cantó a su público el domingo a las 4 a.m.: “No, no hay cama pa’ tanta gente”.