Colombia persigue a un fantasma: iván mordisco vuelve a escapar tras bombardeo en vaupés
Son las 3:12 a.m. del 26 de marzo cuando el cielo de Pacoa se parte en dos. El trueno de los Super Tucano despierta a la selva y a los seis guerrilleros que no alcanzarán a ver el amanecer. Entre ellos, alias Lorena, compañera de Néstor Gregorio Vera Fernández, el hombre que Colombia lleva cuatro años intentando convertir en cadáver. Cuatro años, tres operativos, cero certezas.
El último campamento ya era un relicario
Las tropas tocaron el aire después del bombardeo y encontraron gafas, manuales de drones, insignias del Estado Mayor Central y el eco de una voz que no estaba. La recompensa sigue flotando: 5 000 millones de pesos por un cuerpo que nadie logra cobrar. Medicina Legal confirmó lo que el Ejército temía: entre los restos calcinados no hay ADN que coincida con el archivo de Iván Mordisco. Otra vez.
La primera vez fue en julio de 2022, cuando Iván Duque se apresuró a enterrar al jefe disidente desde un pódium. La explosión en Santa Rita fue tan espectacular que el presidente olvidó exigir un cadáver. El error le duró nueve meses. En abril de 2023, Mordisco apareció en un video en los Llanos del Yarí, sonriente, rodeado de fusiles y de la vergüenza oficial.
La segunda fue el 10 de noviembre de 2025, cuando el Gobierno de Gustavo Petro —que había abierto la puerta a la paz— volvió a cerrarla de un portazo. En Aitilla, Guaviare, cayeron 25 cuerpos, seis de ellos menores reclutados a la fuerza. El saldo militar fue eléctrico: 23 fusiles, 3 morteros, 57 000 cartuchos y una sola certeza: Mordisco no estaba. Se desvaneció entre los ríos Apaporis y Vaupés como quien se zambulle en su propia leyenda.

Herido, dice una fuente; vivo, grita la selva
Ahora las mismas fuentes que aseguran haberlo visto sangrar en Pacoa admiten que el hombre pudo cruzar la frontera líquida entre Guaviare y Amazonas en canoa, con la misma facilidad con la que ha burlado la inteligencia de tres gobiernos. La zona es un laberinto de aguas negras donde hasta los GPS militares se vuelven adivinos fallidos.
Colombia se empeña en convertir la guerra en una cuenta de resultados: muertos, armas incautadas, recompensas. Pero Mordisco ha cambiado las reglas. Su supervivencia ya no es táctica; es narrativa. Cada operativo que lo busca y no lo encuentra engrandece el mito y desgasta al Estado. La cifra habla por sí sola: 36 guerrilleros muertos en tres ataques, cero comandante. La ecuación militar empieza a parecerse a una fábula sin moraleja.
Mientras tanto, la recompensa de 5 000 millones sigue colgada como un cebo que nadie pesca. La última vez que alguien intentó cobrarla, terminino en Medicina Legal intentando identificar a una mujer que no era Lorena, en un campamento que no era el correcto, en una guerra que ya no sabe cómo terminar.