Colombia toca fondo laboral: 363.000 campesinos sin empleo mientras el estado engorda 244.000 plazas
La estampida del campo deja un rastro de botas embarradas en la puerta de las ciudades. Mientras el Dane celebra que el desempleo bajó al 9,2 % —la cifra más baja desde que hay registros—, 363.000 colombianos que antes arrancaban la yuca amanecieron este mes sin tierra que pisar. El Gobierno Petro responde con un emoji de victoria en X; los analistas revisan la metodología y encuentran un espejismo armado con subsidios y salarios mínimos vitalicios.
La trampa del dato: menos desempleo, más desaliento
Carlos Avilán despacha la euforia oficial en 280 caracteres: «Cuando la gente deja de buscar, el desempleo baja, pero la vida no mejora». La tasa de participación lleva 24 meses clavada en 64,7 %. Traducción: hay medio millón de colombianos que se cansaron de llenar formularios y ahora consumen horas de Netflix en vez de buscar chamba. El mercado laboral no creció; se encogió y se rearrugó en el escritorio del Estado.
El salario mínimo —ahora en $2 millones— funciona como anestesia. Dispara el empleo formal en despachos de asesorías, hospitales y universidades, pero ahoga la agroindustria que paga por kilo de café, no por hora de trabajo. Resultado: 250.000 nuevos puestos en servicios administrativos y 244.000 en la maquinaria pública, mientras el campo pierde el equivalente a toda la población de Bucaramanga.

El presidente celebra; el cafetal se seca
Gustavo Petro lee sus propios indicadores y tilda de «derecha» a quien dude. Asegura que la caída del empleo rural obedece al «fin de la economía fósil» y a la «crisis climática». Lo que no menciona es que el fertilizante que antes costaba 45.000 pesos hoy supera los 90.000 y que el café está a la mitad del precio de 2022. El campo no migró a la transición verde; se ahogó entre deudas y plaguicinas sin subsidio.
La propuesta presidencial para contener la inflación suena a epifanía de campaña: Ecopetrol fabricará fertilizantes y el Estado subsidiará maíz para cerdos, pollos y «personas humanas» —la última aclaración es de él, no mía. El plan omite quién le pagará la gasolina al tractor que transporta ese maíz ni cómo se sembrará sin campesinos.
El salario mínimo vital, esa promesa que hizo llorar al ministro de Hacienda en 2025, se sostiene con un truco contable: se sube el pago, pero se encarece la canasta. La clase media que celebró el aumento ahora paga 1.800 pesos el huevo que antes valía 1.200. La cuenta de nadie cierra.
El desempleo está en dígito, sí, pero el país huele a humo de leña y a café que nadie compra. La próxima vez que el Dane publique sus fanfarrias, revise bien la letra pequeña: el 9,2 % es el retrato de una nación que premia la formalidad en oficinas y castiga la producción en laderas. El éxito, como diría un cortador de caña, sabe a tierra y a deuda bancaria.
