Con música y máscaras, el centro histórico se llena de carnaval

La tarde del domingo, el asfalto del Centro Histórico se convirtió en escenario. Desde las 15:00 horas, miles de bailarines, músicos y mascarones avanzaron desde el Monumento a la Revolución hasta el Zócalo capitalino para celebrar la tercera edición del Carnaval de Carnavales, un desfile que condensa en un solo recorrido las fiestas que normalmente se dispersan en cada barrio, colonia o pueblo originario de la Ciudad de México.

La cifra habla por sí sola: decenas de comparsas y miles de carnavaleros desplegaron sus trajes de lentejuelas, sus máscaras de madera y sus pasos de danza frente a un público que se apretujó en banquetas y cruces de calle. La ruta cruzó avenidas principales mientras los tambores de Iztapalapa, los trombones de Gustavo A. Madero y los gritos de ¡Viva el carnaval! de Iztacalco mezclaban sus ecos con el trajín de coches y el olor a esquites de los puestos ambulantes.

Los chinelos tomaron la calle

En la cabeza del desfile, los chinelos marcaban el ritmo. Sus barbas puntiagudas, los sombreros de copa bordados y los pantalones a rayas despertaban aplausos cada vez que giraban sobre sus talones. Detrás, las mojigangas gigantes de cartón piedra mecían los brazos como si saludaran a los balcones. Lo que nadie cuenta es que muchos de esos trajes se guardan el resto del año en cajas de madera, bajo camas o en azoteas, y solo se sacan para estas tres horas de gloria que, para los danzantes, equivalen a un mes de sueldo en satisfacción.

Una mujer de Santa Martha Acatitla reveló, entre jadeos, que su vestido de volantes verdes y amarillos lleva bordado el nombre de su bisabuela: «Es para que baile conmigo», dijo. A su lado, un adolescente de Santa Cruz Meyehualco sostenía una careta de lata que brillaba como espejo. Su padre la fabricó hace veinte años; él solo ha cambiado las cintas por unas nuevas de color fucsia.

La venta de recuerdos surgió al paso. Figuras de bailarines de plástico, máscaras diminutas de chinelo y hasta paletas con forma de tambor se agotaban antes de que el sol bajara. Un comerciante ambulante calculó: «En dos horas saqué lo que gano en una semana normal». El negocio informal se alió con la tradición y ambos ganaron.

Reconocimiento que llegó tarde y bien

Reconocimiento que llegó tarde y bien

El desfile se sostiene sobre un reconocimiento oficial: en 2024, los carnavales de la capital se inscribieron como Patrimonio Cultural Inmaterial. Pero la noticia llegó cuando muchas de las danzas ya agonizaban. La declaratoria no trae dinero, solo un escudo burocrático que protege la fiesta de olvidos administrativos. Aún así, para los organizadores es un espaldarazo que justifica cerrar calles y montar escenarios frente a la Catedral.

La Secretaría de Cultura capitalina firmó la logística, pero los verdaderos productores fueron los vecinos que desde diciembre ensayan en plazas, garajes y salones cedidos por iglesias. El gobierno aportó permisos y ambulancias; los danzantes, sudor y historias. El intercambio funcionó: no hubo incidentes y el desfile terminó cuando el crepúsculo tiñó la bandera monumental con tonos anaranjados.

El origen de los chinelos, por cierto, se remonta a la burla colonial a los españoles. Los indígenas imitaban a los peninsulares con pasos torpes y ropa exagerada. Con el tiempo, la sátira se volvió ritual y el ritual, identidad. Ahora, la burla es una forma de orgullo y la calle, un archivo vivo que se reescribe cada año con zapateos nuevos.

Cuando el último tambor apagó su eco, el Zócalo quedó sembrado de confeti y sudor. Los limpiadores municipales barren mientras los danzantes guardan sus trajes en bolsas de basura negras para protegerlos del polvo. El carnaval terminó, pero la promesa quedó: el año que viene volverán, porque la tradición no se hereda, se ensaya cada domingo entre semana.