Corea del norte vende esclavos a rusia y putin los esconde en obras clave

Diez dólares al mes por 420 horas de faena. Eso es lo que le queda a un norcoreano tras trabajar 17 horas seguidas en la nieve de Krasnoyarsk mientras su pasaporte arde en una papelera. El Kremlin lo sabe. Pyongyang también. Y ambos se miran a los ojos, firman un pacto militar y siguen.

El negocio que mueve 500 millones y nadie quiere tocar

Global Rights Compliance acaba de develar la trama: 21 testimonios, tres ciudades rusas, un mismo patrón. Llegan convencidos de que ganarán 800 dólares; descubren que 600 a 850 se los quita el Estado norcoreano como “cuota patriótica”, otros 190 se evaporan en alojamiento y transporte. Lo que tocan: 10 dólares. Si no alcanzan la cuota, la deuda se arrastra doce meses. Fallar mucho significa interrogatorio en Pyongyang y la familia pagando el precio.

Los pasaportes desaparecen el día uno. Las salidas, dos veces al año, con recuento de cabezas. Ducharse es un lujo anual. Los contenedores ondean cucarachas y chinches. A uno lo golpearon tanto que estuvo quince días sin poder levantarse; a otro lo castigaron colectivamente para que sus compañeros lo vigilaran. La ONU lleva años exigiendo la repatriación inmediata. Rusia responde con silencio y más visados.

La coartada es genial: los empleadores rusos ocultan la identidad de la mano de obra, así que los propios esclavos ignoren para quién construyen. Baltika, gigante cervecero, ya aparece en la lista. El dinero, sin embargo, fluye con destino claro: 500 millones de dólares anuales que financian el misil que Kim Jong-un lució la semana pasada y el submarino que Putin quiere estrenar en el Pacífico.

Moscú y pyongyang sellan el trato con canones

Moscú y pyongyang sellan el trato con canones

El souvenir de la última cumbre fue un tratado de asistencia militar “sin demora”. Traducción: si alguien toca a Moscú, Pyongyang dispara; si alguien toca a Pyongyang, Moscú invoca el mismo artículo secreto. Mientras, en Kursk ya hay uniformes norcoreanos cavando trincheras y en el puerto de Vladivostok contenedores con proyectiles marcados en cirílico y coreano.

RT, el hombre que escapó, cuenta que aún hoy, en algún punto de Siberia, hay norcoreanos levantando un muro que no verán terminado. “Somos personas igual que ustedes”, dice. Pero sus nombres no figuran en nóminas, sus huellas se borran con la nieve y sus sueles valen menos que el par de botas que nunca tendrán. El mundo mira para otro lado y el reloj de la sanciones sigue marcando horas extras.