Cuba se hunde en la oscuridad: el 60% de la isla se apagará este lunes
La noche del sábado 21 de marzo, el Malecón habanero se convirtió en un balcón de sombras. Miles de cubanos se refugiaron en la brisa del mar porque dentro de sus casas no había luz ni ventiladores. A las 2:13 a.m., el último transformador que resistía en el barrio de Miramar crujió y se apagó. Al amanecer, la capital parecía una fotografía antigua: silencio, farolas muertas y la única claridad que despuntaba era la de un país que se le acaba el tiempo.

La hora pico será un agujero de 1.850 megavatios
Hoy, cuando los relojes marquen las 11:30 a.m., la Unión Eléctrica ejecutará el corte más amplio del año. Prevén una demanda de 3.050 MW y solo podrán entregar 1.230 MW. La diferencia —1.820 MW— obligará a desconectar el 60% de la red nacional. Será como arrancarle la corriente a seis millones de personas al mismo tiempo.
Nueve de las 16 termoeléctricas están paradas por averías o reparaciones. El 40% del mix energético cubo depende de motores diésel que no han recibido ni un litro de combustible desde que Washington selló el grifo en enero. El bloqueo petrolero, denunciado por la ONU como una violación de derechos humanos, dejó la isla sin margen de maniobra: o apagan ellos, o se les rompe todo.
El petrolero Anatoli Kolodkin —740.000 barriles de crudo ruso— fondea ahora frente a Matanzas. Fue la respuesta de Moscú al vacío de combustible, pero su descarga será lenta: los tanques terrestres de la isla están al 92% de capacidad y los barcos no pueden bombear más rápido que lo que permiten los oleoductos oxidados. El gobierno calcula que, con suerte, el crudo aliviará los cortes dentro de diez días. Mientras tanto, la gente ya inventó nuevos horarios: cocinar antes de las 6 a.m., dormir la siesta en los parques, ducharse con agua fría y rezar para que el móvil aguante sin carga hasta la noche.
Donald Trump, ayer en el Air Force One, se desentendió: «Que reciban o no un barco de petróleo me da igual. Tienen un mal régimen». La frase cruzó el estrecho de Florida y llegó a la isla como una bofetada. En La Habana Vieja, una vecina que vende bizcochos en la puerta de su casa resumió el sentir: «El problema no es que nos apaguen, es que ya nadie se molesta en prendernos».
Cuba lleva 278 días seguidos con cortes programados. La infraestructura eléctrica tiene 40 años de promedio; los cables se derriten, los interruptores se pegan y los ingeninos improvisados con cables de cobre robados sostienen barrios enteros. La isla se alimenta de resiliencia, pero la resiliencia no genera megavatios. Hoy, cuando caiga la noche y el 60% del país vuelva a quedarse a oscuras, la única luz segura será la de los teléfonos que aún tengan batería para filmar la oscuridad y subirla a las redes. Ahí, al menos, el apagón dura solo treinta segundos: el tiempo que tarda un video en desaparecer entre la próxima publicación y la indiferencia del resto del mundo.
