Blas aparecido arrasa en la bienal de arte sacro: 78 obras contra 1250
Blas Aparecido se llevó anoche el primer premio de la XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo con Mis Chinas Viejas, una pieza que obliga al espectador a mirar el dolor de las madres de desaparecidos desde el vértigo del altar. El jurado —Burucúa, López Sastre y Sánchez Baroni— no dudó: eligió la obra entre 1.250 postulantes de todo el continente.
La velada arrancó en el Museo Nacional de Arte Decorativo y se alargó hasta que el guardia cerró la puerta. Ignacio Cassas se quedó con el segundo puesto por Veo desde un estómago, una instalación que introduce un endoscopio dentro de un confesonario. Leonardo Cavalcante recibió el premio estímulo por Suspensión, una cruz de cristal que flota gracias a un campo magnético casi imperceptible. Ramiro Pasch, Marcolina Di Pierro y Gaba De Dios completaron la nómina de homenajeados.
La curadora que levanta alfombras
María Pimentel de Lanusse lleva catorce años codesándose con curas y artistas que no creen en Dios pero creen en la metáfora. «El sacro ya no está en la sacristía, está en la grieta del asfalto», dice mientras se ajusta el pasador de plata que le regaló un obispo emérito. Su selección exhibe 78 obras repartidas en cuatro salones donde el incienso se mezcla con el olor a barniz reciente.
La Ciudad de Buenos Aires aporta 2,3 millones de pesos a través del mecenazgo; el Vaticano firma el cheque simbólico desde la Secretaria de Cultura. La Fundación Vetrano y la hermandad La Santa Faz manejan los hilos del presupuesto, pero nadie revela cuánto se lleva cada artista. «Es un concurso de prestigio, no de bolsillo», susurra un coleccionista que ayer pujó por una fotografía de Natalia Ruth Cristófano.

Del riesgo de hablar de fe sin permiso
La muestra permanece abierta hasta el 3 de mayo. Entrar cuesta lo mismo que una limonada: la entrada es libre y gratuita, pero el museo exige reserva previa para evitar el colapso. Aisenberg, Aizicovich, Altamare y otros 70 firmantes conviven en las paredes con un silencio que roza lo litúrgico. Afuera, un ciclista reparte panfletos contra «la mercantilización de lo sagrado». Dentro, una chica de 22 años llora frente a la obra de Mauro Agustín Cruz: una túnica de lino tejida con cable de fibra óptica que parpadea cada vez que alguien reza en voz alta.
La bienal no convierte a nadie en millonario, pero catapulta al circuito. El año pasado, el ganador vendió su pieza en Basel dos meses después por seis cifras en dólares. Aparecido, carpintero de Rosario que nunca expuso fuera de un club de fútbol, ya recibió tres llamados de galerías de Madrid. «No sé si Dios existe, pero el arte me salvó de la mesa de luz», confiesa antes de encender un cigarrillo que huele a turba y a resina. La exposición sigue viva, y la fe —esa palabra tan gastada— se recicla en cada sala como material prima.
