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El nuevo libro de pigna demuestra que el golpe del 76 empezó mucho antes del 24 de marzo

Felipe Pigna acaba de publicar 76 y el primer párrafo ya te atrapa: una mujer llora frente al televisor, un hombre insulta y un pibe repite «no puede ser» con la voz rota. Son las 19:15 del 1 de julio de 1974, Perón acaba de morir y la grieta que estallará dos años después ya se respira en ese living. El historiador no recurre al golpe como punto de partida sino como culminación de un proceso que se cocinó en la intemperie del peronismo sin jefe, en la calle y en los ministerios.

Una operación de historia en tiempo real

La tesis central del libro es demoledora: la represión no llegó con los uniformes, se legalizó durante la democrática. Pigna toma los estudios de Marina Franco y les da cuerpo narrativo: la Triple A ya manejaba listas negras desde el ministerio de López Rega, el discurso del «enemigo interno» circulaba en cadenas de radio y los secuestros se firmaban con sello oficial. El 24 de marzo de 1976, entonces, no fue una «ruptura» sino un cambio de logo: la misma máquina de guerra, ahora sin disimulo.

El dato que hace ruido: entre 1973 y 1975 desaparecieron en Argentina más de 500 personas. La cifra habla por sí sola y desarma el relato escolar que enseña que «la dictadura empezó con el golpe». Pigna desenterra actas, telegramas y partes de inteligencia que muestran a dirigentes peronistas firmando operativos de «limpieza» mientras la CGT miraba para otro lado. El peronismo, lejos de ser víctima, fue coautor del desastre.

Perón como tabla de salvación y condena

Perón como tabla de salvación y condena

La muerte del General funciona en el libro como un espejo rotundo: refleja la imposibilidad de contener en un solo cuerpo a la izquierda armada, al sindicalismo ortodoxo, a la derecha nacionalista y a los tecnócratas que soñaban con el gran acuerdo. Pigna rescata una frase de Perón en el exilio —«si tuviera veinte años, las bombas las estaría poniendo yo»— y la contraataca con otra dirigida a sus jóvenes seguidores: «son formaciones especiales, no futuros gobernantes». La juventud maravillosa era útil mientras amenazaba; cuando empezó a disputar poder, pasó a la categoría de desecho.

El episodio grotesco de López Rega intentando revivir al «Faraón» con mantras y velas negras no es anécdota de revista colorada: es la metáfora de un poder que ya no entendía de instituciones y que buscaba enchufarse a lo sobrenatural para seguir mandando. A partir de ahí, la violencia deja de ser medio para convertirse en fin: eliminar al otro es la única forma de que el propio bando sobreviva.

El rodrigazo que rompió el pacto social

El rodrigazo que rompió el pacto social

Julio de 1975: el ministro Celestino Rodrigo devalúa el peso un 140 %, ajusta tarifas y congela salarios. La CGT llama a un paro general contra su propio gobierno. Ese día muere el mito de que «los peronistas no le hacen huelga a un peronista» y nace la certeza de que el ajuste económico y la represión van de la mano. Pigna compara el momento con «un matrimonio que discute en voz alta y deja las puertas abiertas para que entre el vecino con un fusil». El vecino, claro, eran las Fuerzas Armadas que ya ensayaban el Operativo Independencia en Tucumán: aniquilar, no controlar.

El libro muestra cómo la hiperinflación y los desaparecidos funcionaron como tácticas de shock simultáneas. Mientras el bolsón se vaciaba, el bolsillo se llenaba de miedo. La desaparición no solo borraba cuerpos; borraba reclamos laborales, asambleas y cualquier atisbo de organización posible.

Neoliberalismo a fuerza de desaparición

La última parte de 76 es una radiografía del «reformateo» que José Alfredo Martínez de Hoz impuso desde el 24 de marzo. Pigna desmenuza los decretos de apertura y los vincula con los vuelos de la muerte: la misma logística que trasladaba cueros de vaca al exterior servía para tirar cuerpos en el Río de la Plata. «El modelo necesitaba silencio para quebrar fábricas», escribe, «y el silencio se compraba con corridas de dolor en los sótanos de la ESMA».

El detalle que duele: mientras los diarios celebraban la «revolución productiva», en los centros clandestinos se robaron 500 bebés. La desaparición se vuelve método de control laboral: si nadie sabe dónde está el delegado, nadie reclama el aguinaldo. El terrorismo de Estado no fue un exceso: fue la ingeniería social que permitió cerrar 4 000 plantas industriales en los primeros tres años.

La advertencia que queda flotando

El cierre del libro no ofrede redención. Pigna cita a Yerushalmi —«el antónimo del olvido es la justicia»— y apunta a la grieta actual: los «formularios disponibles» que permiten hablar de «enemigo interno» cada vez que la economía se tuerce. La lección es tosca: cuando el poder empieza a nombrar a quienes «sobran», la dictadura ya empezó, aunque todavía no haya tanques en la plaza.

La historia no se repite, pero deja puertas abiertas. Y esta vez no hay lluvia suave ni lágrimas de vieja: solo el olor a pólvora de un país que vuelve a discutir quién merece existir y quién no. El libro de Pigna no es un viaje al pasado; es un manual de desconexión para quienes creen que el 24 de marzo fue un accidente y no la culminación lógica de lo que ya se vivía en el living de aquella mujer que, el 1 de julio de 1974, no podía parar de llorar.