Gabriela exilart desembarca en el café rivarola y el aire porteño huele a página nueva
Las 18:00 del 17 de septiembre todavía no llegaron, pero ya se respira en el Café Rivarola el olor a infusión recién servida y a tinta húmeda. Gabriela Exilart subirá al estrado de madera del pasaje Rivarola 154 con El secreto de Azucena bajo el brazo, y la cuarta temporada del ciclo de charlas con autores argentinos estrenará su grito más dulce.
La cita no es un simple rosario de firmas. Susana Mitchell, la socióloga que desde hace años caza historias para Infobae Cultura, ideó esta reunión como un ring de preguntas sin cronómetro. Quien quiera puede plantarle a Exilart la duda que le quema desde la página 37; quien prefiera, llevarsela firmada y correr a la esquina para seguir leyendo de pie. Entrada libre, aforo que se desborda antes de las 17:45. La fórmula ya funciona desde 2021; esta vez la apuesta es más alta porque la novela de Exilart –una suerte de telenovela gótica ambientada en el Paraná– acaba de meterse en los top ten de ventas de Penguin Random House sin hacer ruido.
La tabla de mareas del otoño literario porteño
Mitchell no programa al azar. El 16 de abril arranca Mauro Ignati con La potentada, esa fábula de camioneros y reyes que Enero publicó cuando el país discutía otros rumbos. El 21 de mayo será el turno de Marcelo Rubio y El Llovedor, una rareza que mezcla litoraleño y ciencia ficción sin pedir permiso. Vale Groisman desembarca el 18 de junio con Vantablack, un poemario que la editorial Gata Flora vende con advertencia: «Puede causar vértigo». Pablo Mariosa presenta Póstumo en julio, y Natalia Zito remata en agosto con Agua del mismo caño, la historia de una villa que crece como seta tras cada chaparrón.
La gracia del asunto está en la trinchera. No hay escenario elevado, no hay micrófono que distorsione. El lector y el autor comparten la misma humedad del espresso, el mismo ruido de cucharita contra porcelana. «Es la única forma de que la literatura deje de parecer un deporte élite», le dijo Mitchell a un colega la semana pasada mientras repartía folletos en la puerta del café. La frase suena a consigna, pero funciona: en la edición pasada se agotaron las sillas y algunos terminaron sentados en el empedrado, tomando notas sobre el teléfono.

El secreto que azucena esconde y el lector quiere desenterrar
Exilart llega con la ventaja de la reciente impresión. Su novela habla de una mujer que hereda un invernadero de azucenas en Entre Ríos y descubre que cada flor guarda un crimen. La trama parece telenovela, pero la escritora la construyó con planos secretos: hay diarios de navegación, hay cuentas bancarias suizas y un cura que canta en guaraní. La contratapa promete «pasión botánica», pero los primeros lectores aseguran que el libro huele más a naftalina y a cuero viejo. En el Café Rivarola, Exilart se la juega: llevará fotos de 1940 que encontró en un desván y que inspiraron la historia. Si alguien adivina cuál es la azucena asesina, se lleva un ejemplar dibujado a mano.
Mientras tanto, la lista de inscriptos crece en una planilla compartida que ya supera los doscientos nombres. Hay bibliotecarios de Zárate, hay profesores de la UNLP, hay un grupo de jubilados de Villa Gesell que vienen en micro porque «es más barato que el Bingo». Mitchell ya advirtió que no habrá streaming: «Lo que pase adentro, se queda en la memoria de quienes se bancan el viaje». Una forma elegante de decir que la magia se rompe si se la contamina con un cable HDMI.
La ciudad, entonces, prepara su ritual de otoño. Será cuestión de llegar antes de las 17:30, aceitar la garganta con un cortado y rezar porque quede un rincón donde apoyar el codo. Cuando Exilart levante la voz, el Café Rivarola se convertirá por unas horas en el puerto secreto de la literatura argentina. El resto del año podremos leer sus libros en el subte, pero solo ese día la página cobrará olor a café recién hecho. Y nadie quiere perderse esa primera infusión.
