Marte no es un plan b: la colonia que promete musk es una trampa mortal, según un libro demoledor
Elon Musk sueña con cien mil personas viviendo bajo cúpulas de vidrio en Marte antes de que él cumpla cien años. Kelly y Zach Weinersmith acaban de publicar la réplica que ningún inversor de SpaceX quiere leer: Una ciudad en Marte, un manual de ingeniería, biología y cinismo que convierte la fantasía de la colonia roja en una cuenta de daños impagable.
La temperatura media es de -60 °C, la atmósfera es 95 % dióxido de carbono y las tormentas de polvo pueden durar meses sin dejar pasar un solo fotón útil a los paneles solares. Ni siquiera la Estación Espacial Intern —que recibe reabastecimiento cada 45 días— sirve como modelo. «Biosphere 2», el experimento sellado de Arizona, terminó con humanos desnutridos y cocodrilos suicidándose contra las paredes. El paralelo es demoledor: si no pudimos replicar la Tierra en el desierto de Tucson, imaginar un Edén en un cráter marciano es un acto de fe, no de ciencia.
El “prengodromo” y otros inventos para no morirse de risa
La baja gravedad marciana —un tercio de la terrestre— convierte la sangre en un líquio errático. El corazón se hace perezoso, el feto flota como un globo y el parto se vuelve un acto de física orbital. La solución que proponen los Weinersmith es un carrusel giratorio donde las embarazadas se centrifugen hasta sentir 1 g: el “prengodromo”, un aparato que parece salido de un capítulo de Black Mirror escrito por un ginecólogo con sentido del humor negro.
Pero el chiste dura lo que un óvulo fecundado en Marte: con un acervo genético de apenas unos cientos de colonos, la consanguinidad se convierte en un riesgo de estado. La bioética ya dibuja escenarios de selección prenatal forzosa y aborto obligatorio de fetos con defectos que, en la Tierra, serían viables. El profesor Jonathan Anomaly lo resume sin anestesia: «Un niño con síndrome de Down es una sentencia de muerte colectiva en una colonia de 80 personas».

Laika, glenn y la “bastardocracia” que quiere tu parcela en el infierno
La historia de la conquista espacial empieza con una perra soviética que murió de estrés y deshidratación en órbita y sigue con John Glenn orinando en su traje durante cuatro horas. El patrón es claro: los pioneros sirven o como héroes descartables o como mascotas de laboratorio. Ahora el turno es para los milmillonarios que compran cohetes como quien adquiere yates. Musk, Bezos y Branson no solo quieren transportarte; quieren ser los primeros en plantar una bandera —y un contrato de propiedad— en un territorio que, por tratado internacional, pertenece a la humanidad.
Los Weinersmith prefieren la teoría de la economista Elinor Ostrom: los bienes comunes no se privatizan, se gobiernan. Pero la letra muerta del Tratado del Espacio Exterior se desmorona cuando Beijing y Washington empiecen a enviar misiles antes que colonos. La carrera por el control de los recursos del espacio profundo ya no es ciencia-ficción: es un expediente clasificado en el Pentágono.
La Tierra puede calentarse dos grados, inundar ciudades y secar ríos, pero sigue teniendo magnetosfera, oxígeno gratis y agua que no necesita descomponerse con electricidad nuclear. Marte, en cambio, ofrece solo silencio, regolito afilado y la promesa de convertirse en el primer cementerio extraplanetario con factura pagada por los impuestos de quienes jamás pisarán el planeta. La colonia futurista que prometen los visionarios ya existe: se llama Tierra y, por ahora, sigue siendo la única opción que no requiere un prengodromo para sobrevivir.