Muere pat steir: su pintura vertida que desafió la gravedad del mercado

Pat Steir se negó a dejar caer la pintura. La vertía. Y esa distinción, aparentemente nimia, acabó desencadenando una catarata de 2,2 millones de dólares en Sotheby’s y una estela de imitadores que aún hoy se ahogan en sus propios lienzos. La artista que convirtió la gravedad en pincel murió el 25 de marzo en Manhattan. Tenía 87 años y una colección de réplicas chinas de sus Cascadas que ni ella misma podía contar.

La noticia la confirmaron su esposo, el editor Joost Elffers, y su sobrina Lily Sukoneck-Cohen a Artnet. Pocas horas después, Hauser & Wirth —la galería que la representaba en Nueva York, Aspen y Berlín— colgó en Instagram la imagen de Elective Affinity Waterfall (1992). La pintura se parece a un relámpago congelado. En 2018 ese lienzo batió su récord: fue la obra viva de una mujer abstracta más cara jamás subastada. La cifra habla por sí sola: el mercado no compraba pigmento, compraba la prueba de que la abstracción seguía siendo un territorio virgen.

De newark al vacío absoluto

Nació en 1938 en una familia que soñaba con ópera y acabó contando centavos para la renta. Su padre, inmigrante ucraniano, vendía caramelos en el tren; su madre, de origen sirio, cantaba arias mientras planchaba. A los 18 Pat entró en Pratt Institute con dos chaquetas y un cuaderno de apuntes robado. Philip Guston le dio la primera orden: «Olvídate del color, empieza por el miedo». Richard Lindner le dio el segundo: «El miedo es color». Entre ambos se inventó una paleta que parecía un puñetazo.

Los primeros lienzos eran rosas tachadas con gesso. «Con la rosa no me refería a nada; era solo un símbolo genérico al que había que asesinar», dijo en 2011. Asesinó símbolos durante una década hasta que, en 1982, llegó a Kioto con una beca del Japón Foundation. Allí descubrió el ukiyo-e y la lección de los maestros chinos: la gravedad es un maestro más. Volvió a Nueva York, subió a una escalera de ocho metros y arrojó aceite crudo sobre un lienzo vertical. La pintura cayó como un acorde de jazz detenido en mitad del aire.

Cuando el tiempo se hizo líquido

Cuando el tiempo se hizo líquido

La serie Cascadas —más de doscientos lienzos entre 1985 y 2024— no representa agua; es agua que se ha vuelto pintura. Steir trabajaba de noche, con la ventana abierta para que el Hudson aportara humedad. «La pintura seca más lento y el tiempo se convierte en coautor», contó a la Hirshhorn. El truco era saber cuándo dejar de tirar. Siempre dijo que paraba «cuando el silencio del lienzo superaba el ruido de mi cabeza».

El éxito la pilló en plena menopausia. De pronto, los marchantes que antes ignoraban su apellido la llamaban Ms Waterfall. En 1990 el Whitney le dedicó una retrospectiva; en 1993 fue la primera mujer en ocupar el centro de la Bienal de Venecia. Pero ella seguía en la escalera, arrojando pigmento como quien tira secretos a un pozo. «El dinero es solo la confirmación de que el vacío también tiene precio», solía decir.

La última gota

La última gota

Hasta 2023 siguió exponiendo. En Hauser & Wirth presentó Split, una serie de paneles que se abren como heridas en la pared. Mickalene Thomas, que tiene 53 años menos, le pidió consejo. Steir respondió: «Si tu mano no tiembla, vuelve a empezar». El mes que viene el Parrish Art Museum inaugurará la mayor retrospectiva de su obra. Será la primera vez que sus Cascadas cuelguen junto a sus rosas asesinadas. La entrada cuesta 18 dólares. La lección sigue siendo gratis: la pintura no cae, se lanza. Y cuando cae, arrastra al espectador consigo.