Mujeres desenmascara la farsa del éxito con su disco más desnudo
Las luces del escenario apenas iluminan la cuenta bancaria de Mujeres. Mientras los festivales venden entradas a 80 euros con cabezas de cartel que suenan en Spotify como anuncios de coches, este trío de Barcelona acaba de grabar su séptimo disco en casi veinte años sin haberse llenado nunca un pabellón. Es un dolor inexplicable llega hoy a las tiendas como un acto de resistencia disfrazado de canciones de dos minutos y medio que se clavan como cuchillos de plástico.
El secreto mejor guardado del rock español
Yago Alcover, Pol Rodellar y Arnau ‘Tito’ Sanz no necesitan traductor. Cuando hablan, lo hacen en primera persona del plural como si fueran una sola garganta. Están sentados en la barra de un bar de Malasaña que les regala cañas porque el camarero tocó con ellos en un grupo de instituto. «Nosotros no hemos roto nunca ninguna taquilla, pero hemos roto muchas cuerdas de guitarra», dice Alcover mientras se rinde la cuenta de que han pasado más noches en furgonetas que en hoteles.
Su nuevo disco suena exactamente a lo que esperas de Mujeres y eso es precisamente lo que lo hace radical. En una época donde los artistas saltan de género como quien cambia de calcetines, estos tres han decidido perfeccionar la fórmula que ya tenían: riffs de garage que parecen grabados en un sótano humeante, letras que hablan de fracaso con humor ácido y un batería que parece que va a desarmar la baqueta en cada golpe.

La canción que dedicaron a ayuso y otras heridas
En Siento muerte, el tema que dedicaron a Isabel Díaz Ayuso por su gestión de la pandemia en las residencias, hay un verso que dice «los viejos mueren solos y la tele encendida». La canción se convirtió en himen underground en los grupos de WhatsApp de los que nadie habla en los medios. «No buscábamos ser portada, buscábamos ser verdad», dice Rodellar. «Y la verdad duele más cuando tiene guitarras distorsionadas de fondo.»
Las colaboraciones con Carolina Durante, Cariño o La Élite les han servido para que los algoritmos les detecten por primera vez, pero también para demostrar que pueden colonizar el sonido de otros sin perder su ADN. «Nosotros no colaboramos, invadimos», bromea Tito mientras enciende otro cigarro. «Les decimos: traed lo que queráis, pero al final esto va a sonar a Mujeres. Y si no os gusta, pues nada, lo grabáis vosotros solos.»

El futuro según tres tipos que nunca tuvieron uno
Cuando les preguntan por los próximos veinte años, se miran entre ellos como quien mira un mapa de carreteras sin gasolina. «Queremos montar un bar pequeño donde pongamos queso y discos», dice Yago. «Y si no, pues seguiremos tocando en sitios donde el dueño del local nos paga con cerveza y nos deja dormir en el escenario.»
La industria los ha ignorado, los festivales les han colocado en horarios imposibles y las radios les han dicho que su sonido «no encaja». Pero hay algo que nadie puede quitarles: el domingo pasado, en una sala de 200 personas en Gràcia, medio público cantaba Rock y amistad con los ojos llorosos y las camisetas empapadas de sudor. Ningún ejecutivo de ninguna multinacional estaba allí. Solo estaban ellos. Y eso, en 2026, es más valioso que un platino.
El disco se acaba en 28 minutos. La furgoneta sigue siendo la misma de hace quince años, con el asiento del copiloto roto y olor a tabaco rancio. Pero cuando suenan los primeros acordes de Es un dolor inexplicable, el tiempo se contrae y vuelven a tener 20 años, los mismos que llevan siendo el mejor secreto del rock español. Y quizá sea mejor así. Los grupos que lo tienen todo nunca han tenido esto.
