Spampinato desenterró el conurbano que ya no existe y lo expone en san telmo
La luz que quema la piel antes de que uno se dé cuenta es la misma que Alfredo Spampinato atrapó en lienzos que hoy parecen radiografías de una Argentina desaparecida. Oro en el campo, la exposición que hasta el 8 de mayo ocupa la galería Calvaresi, desempolva 40 cuadros que nadie —ni siquiera los marchantes que le debían plata— supieron leer cuando el artista aún respiraba.
Spampinato no pintaba paisajes; pintaba el aire antes de que el asfalto lo reemplace. En 1953 se mudó a José C. Paz cuando el pueblo era un fardo de tierra sin nombre y, durante cuatro décadas, documentó la mutación con la misma obstinación con la que otros anotan la presión arterial. El resultado: un archivo emocional de galpones, cardos y siluetas que ahora se venden como oro en San Telmo mientras el barrio original ya no existe ni en Google Maps.
La textura era su forma de resistencia
Mientras sus compañeros de taller soñaban con París, Spampinato mezclaba óleo y arena hasta obtener una pasta que arañaba el lienzo como si fuera la tierra misma. Raspaba con la uña, con la espátula, con la tarjeta de SEGBA que lo mantenía con vida. Cada capa era una patada al vacío: quería que el sol de la pampa no solo se viera, sino que pesara. Y lo logra: sus cielos amarillos no cuelgan, aplastan.
La curadora Julieta Allermann encontró en un álbum familiar la foto de 1966 que explica la obsesión: un peón de espaldas sostiene una tea frente a una luna que parece otra estrella de día. Spampinato reprodujo la escena y tituló la pieza Figura y paisaje. Es la clave de bóveda: el hombre no domina el campo, solo lo ilumina un segundo antes de que lo trague.

El mercado lo ignoró; el tiempo lo rescata
En 1963 la galería El Taller lo despachó como “pintor ingenuo”. Spampinato arrugó el catálogo y escribió al margen: “Poeta realista, nada de ingenuo”. Luego guardó los pinceles, se tomó el colectivo 57 y volvió al conurbano. Las facturas impagas que dejó en los 70 hoy se leen como actas de resistencia: un cuadro vendido a 30 dólares entonces cotiza lo mismo que una entrada a River. La ironía le habría gustado.
Calvaresi —el mismo espacio que rescató a Mildred Burton y a Dignora Pastorello— ahora le devuelve la voz. Las paredes de Defensa 136 vibran con Muele islero (1959), donde un molino oxidado parece girar todavía, impulsado solo por la memoria. Al lado cuelga un hardboard de 20×30 cm pintado después del infarto de 1988: la pincelada ya no es tajante, pero el amarillo sigue siendo un grito.
Spampinato murió en 2012 sin ver este revival. Su hija Ana cuenta que los últimos años los pasó en piyama, trocando óleo por acuarela para no mancharse la camisa. “Pintaba para no morir”, resume. La frase sobra. El sol tremente que él capturó sigue pegando en la vereda de San Telmo y, por primera vez, quienes lo miran no pueden evitar sudar.
