Tedward, el seductor que limpia orgías y desnuda la masculinidad fracasada

Josh Pettinger coloca una pistola de agua en la mano de su protagonista y lo introduce en una orgía de máscaras de élite. El tipo se llama Tedward, trabaja como “higienista coital” y cobra por evitar que los cuerpos de los poderosos se toquen entre sí. Un empleo ridículo, sí, pero también el símbolo de una generación que paga la renta limpiando los fluidos del 1 %.

De recoger monedas a desinfectar placeres

La escena no es una fantasía. Pettinger la concibió mientras cargando bandejas como camarero en Nueva York. “Pasaba el día sonriendo a gente que me miraba como el ayudante del ayudante”, me contó hace unos días por Zoom. La humillación cotidiana se transformó en cómic underground: Tedward recorre un mundo sin móviles, sin wifi, sin red de seguridad. Solo hay monedas que se tragaba la tele y un tipo con pinta de crooner atrapado en 1955 que cada mes llegaba a llevarse al padre de Pettinger por no pagar.

El autor se crio en esa casa donde la electricidad se compraba a golpes de libra. De ahí nació la obsesión por los trabajos que nadie quiere y todos necesitan. Tedward prueba como quien prueba trajes: limpia lavabos, vigila orgías, reparte flyers, fracasa en cada cita. “Es la masculinidad que se cree protagonista y termina siendo el extra”, resume Pettinger. Cada página huele a lejía y a deseo que no se cumple.

El teléfono fijo como arma de resistencia

El teléfono fijo como arma de resistencia

Detalle clave: no hay smartphones. Pettinger los borró a latigazos. “Quiero que el personaje tenga que caminar, que le duela el pie, que le digan que no a la cara”. El resultado es un tiempo descompuesto, una ciudad que podría ser la de hoy o la de 1989, donde los personajes hablan como si les hubieran criado abuelos amantes de los diccionarios. Frases enrevesadas que terminan en “nivel maestro sushi”. Nadie dice “te quiero”, todos se enredan en eufemismos que esconden miedo.

La estética recuerda a los primeros Crumb y a los sketchs que David Letterman vetaba por crueles. Tedward es Partridge sin teles, Corrigan sin supermercado, Larry David sin restaurante de Beverly Hills. Un perdedor que se cree galán y que, en su ridículo, permite al lector reírse de sus propias heridas. Pettinger lo sabe: “La gente quiere ver en papel lo que no se atreve a mirar en el espejo”.

La comedia como catálogo de vergüenzas

La comedia como catálogo de vergüenzas

En Estados Unidos, los editores le dieron la espalda. “¿Dónde está la tragedia?”, le preguntaban. La respresuesta llegó en forma de ventas directas, de firma en tiendas de discos y de Instagram lleno de viñetas virales que nadie se atreve a compartir en LinkedIn. Ahora La Cúpula publica en español esa misma bofetada de humor ácido, y Madrid, Buenos Aires y Bogotá descubren que el fracaso también se traduce.

Pettinger sigue viviendo de sus viñetas, sin subsidios, sin premios institucionales. Cada mes publica un nuevo episodio y cada mes alguien le escribe para decirle que se reconoce en Tedward. “No busco redención”, me dijo antes de despedirse. “Busco que el lector suelte la carcajada que le sale del estómago cuando se da cuenta de que el mundo le ha hecho lo mismo que al pobre Tedward, pero con mejores vestidos”.