Adrián quiroz irrumpe en la élite: 26 años, 12 minutos y un sueño que estalla en parís

París, 28 de marzo de 2026. El Stade de France retumbaba con los cánticos de Senegal cuando Adrián Quiroz calentó por primera vez en la banda de la selección peruana. En el minuto 78 saltó al césped con la 19 a la espalda y la certeza de que los sueños no caducan, solo esperan. Doce minutos después, el volante de Los Chankas ya había dejado de ser un anónimo de la Liga 2 para convertirse en el primer andahuaylino con bicolor en el pecho.

Un pase filtrado que despertó a francia

Quiroz apenas tocó nueve balones, pero uno de ellos fue un misil rasante que partió el mediocampo africano y dejó a Franco Torres mano a mano. El gol no llegó, pero la jugada circuló en bucle por las pantallas del estadio y en los móviles de Andahuaylas, donde la mitad de la población aún se arrodilla ante la imagen de un hijo que se les escapó a las grandes ligas y regresó convertido en promesa nacional.

El club publicó la foto del cambio con un texto que parece sacado de un poema de Vallejo: “Nunca dejes de creer”. Lo cierto es que nadie creía demasiado. A los 18 años, Quiroz probó en la cantera de Sporting Cristal y lo devolvieron. A los 21, el Alianza de turno lo observó y prefirió a otro. Se refugió en el fútbol de la sierra, donde el pasto corta las piernas y el frío te clava los pulmones. Allí aprendió a proteger la pelota como quien protege la última brasa de un fogón.

El zurdo que no sabía driblar

El zurdo que no sabía driblar

“Cuando llegó a Los Chankas apenas gambeteaba; su virtud era otra: veía un pase tres segundos antes que el resto”, cuenta Franco Torres, artiller del equipo y compañero de habitación en giras. El entrenador Mano Menezes lo citó tras ver un video de 37 asistencias en 24 partidos: “No corre, no desarma, pero desequilibra con la pelota quieta”. En París, el brasileño lo usó para bajar revoluciones cuando Senegal apretaba. Funcionó: Perú aguantó el 2-0 sin mayores sobresaltos.

El debut no cambia su sueldo: sigue ganando 8.500 soles mensuales, vive en un departamento de 42 m² y envía la mitad de su ficha a su madre, que vende humitas en la plaza de Andahuaylas. Pero el WhatsApp del club explotó: 1.200 mensajes en 20 minutos, la tienda oficial agotó 300 réplicas de su camiseta y el alcalde prometió una estatua si juega el repechaje. “No soy héroe, solo no me rendí”, dijo al salir del vestuario, la voz quebrada y los ojos inyectados de césped y lágrima.

Lo que nadie cuenta

Lo que nadie cuenta

En la última fila del ómnibus de Perú viajaba su hermano Jairo, con un pasaje comprado hace tres meses a crédito. No pidió permiso al trabajo: es vigilante nocturno y prefirió perder el empleo antes que el estreno. Cuando Adrián entró, Jairo dejó caer un grito que ahogó el himen de 80.000 gargantas. A la salida, un periodista francés le preguntó quién era el número 19. “Mi hermano”, respondió. “¿Y usted quién es?” “El que nunca dejó de creer”.

La historia no necesitó epílogo: Perú perdió, pero Quiroz ganó. Mañana vuelve a la sierra, al estadio Los Chankas que huebre a ganado y a lluvia. El DT le ha prometido titular el próximo domingo contra Cusco FC. La afición ya corea su apodo: “El Mago de Andahuaylas”. La FIFA, por ahora, lo registra con 12 minutos y cero estadísticas. Para los suyos, basta: fue suficiente para que un pueblo entero deje de mirar el reloj y empiece a mirar el cielo.