La cerveza, la caída y el silencio que precede al mundial 2026

El Estadio Azteca luce nuevo vestido, pero el olor a cerveza derramada y tragedia ya se le pegó a la tribuna. A 72 días del primer silbatazo del Mundial 2026, México atraganta la misma pregunta: ¿se podrá beber o no? La respuesta oficial suena a bartola vacía: depende de cada municipio. Claudia Sheinbaum lo dejó claro en una tarde de martes, mientras la Ciudad de México repartía declaraciones sin frenar la espiral.

El palco 52 sigue manchado

El 28 de marzo, minutos antes del México-Portugal, Adrián —27 años, aficionado, borracho de más— saltó del segundo al primer nivel. Cayó como quien tira un envase vacío. Los paramédicos de SURI llegaron,confirmaron lo que todos temían: la grada se tragó otro cuerpo. Ahora, la prensa internacional pregunta por protocolos y la FIFA exige garantías; aquí se habla de «responsabilidad municipal».

Sheinbaum se lava las manos con la misma eficacia que los concesionarios lavan las latas. «La protección civil es competencia de los estados y los municipios», sentenció. Traducción: si la cerveza fluye, será porque Coyoacán, Guadalajara o San Pedro Garza García lo permiten; si alguien vuelve a caer, la culpa será de la alcaldía, no de Palacio Nacional.

El asunto no es menor. El Estadio Banorte —antes Azteca—, el Akron y el BBVA recibirán a medio millón de visitantes extranjeros que esperan litros de cerveza fría y horas de seguridad caliente. La receta mexicana: ventas libres, control escaso y la promesa tibia de que «si hace falta, se revisará». Es decir, nada está escrito excepto el nombre del muerto.

La apuesta escondida detrás del barril

La apuesta escondida detrás del barril

Mientras tanto, los operadores de Femsa y Grupo Modelo ya negocian stands exclusivos, patrocinios y precios inflados. Cada jarra que se escupa en la tribuna deja un margen de hasta el 280 % sobre costo. El negocio redondo: si no hay restricción federal, cada estado puede autorizar hasta el último centilitro y cobrar impuestos locales. Sheinbaum lo sabe; por eso prefiere «orientar» antes que prohibir.

La ironía: el mismo país que en 2022 vetó la publicidad de bebidas azucaradas a menores ahora se muestra permisivo con el alcohol en masa. La diferencia está en quién firma la chequera. La Secretaría de Salud advierte que el consumo intensivo crece entre jóvenes de 18 a 29, justo el segmento que llenará las gradas. Pero el discurso oficial apunta hacia otro lado: «Es competencia local», repiten como eco.

En las oficinas de la FIFA, nadie quiere imágenes de broncas entre borrachos ni titulares de óbitos. Por eso exigen planes B: zonas de tolerancia cero, venta restringida a horarios muertos y puntos de hidratación gratuita. La respuesta del gobierno mexicano: un borrador que aún no sale de la carpeta y un «se verá» que huele a maceta.

Sheinbaum insiste: «No contemplamos regular el alcohol». La frase suena a anestesia. Pero la realidad es tozuda: el 28 de marzo, el alcohol se reguló solo, con una caída de siete metros y un cuerpo que ya no puede contar si sirvieron la última cerveza. El Mundial 2026 arranca dentro de meses y la tribuna aún no sabe si brindará o llorará. La única certeza: alguien ya pagó la primera ronda con su vida.