La gran mentira de chivas: el club más mexicano nació de la mano de un belga
El orgullo nacional que predican las Chivas Rayadas del Guadalajara se tambalea cuando se descubre que su fundador no era ni mexicano ni conocía el estilo de juego del barrio. Edgar Everaert, un comerciante belga que vendía telas en San Juan de Dios, registró el 8 de agosto de 1906 un equipo cuyos colores copió de la bandera de Brujas y cuyos primeros jugadores hablaban francés, español y flamenco.
El almacén donde nació el mito
La Ciudad de México no era una tienda de Deportes. Era un almacén de drapero donde Everaert despachaba lienzos a las sastrerías del centro de Guadalajara. Allí, entre rollos de lino y cajas de alfileres, el belga convenció a los hermanos Orozco de que el fútbol serviría para «civilizar» a los muchachos que jugaban a la pelota descalzos en la plaza. El primer partido fue contra el Gimnasio Atlético Occidental. Los novatos vestían camisetas blancas recién compradas en La Ciudad de México y perdieron 3-1. La derrota no importó: Everaert ya había impuesto su obsesión europea.
Dos años después, el 26 de febrero de 1908, el Unión Football Club se convertía en Club Deportivo Guadalajara. El cambio de nombre no era cosmético. Era la primera reinvención de una marca que aún no sabía que viviría de la venta de mexicanidad. Los colores rojiblancos, que hoy desfilan en documentales como símbolo de patriotismo, eran entonces un homenaje involuntario a Brujas, la ciudad donde Everaert aprendió a odiar el empate.

Cuando el rebaño tenía acento extranjero
La foto del plantel de 1907 da vértigo: seis belgas, tres franceses, dos españoles y cuatro mexicanos que apenas entendían las indicaciones de meneer Everaert. La norma del puro jugador nacional no llegaría hasta 1943, cuando el club ya profesionalizaba sus cuentas y necesitaba un argumento de marketing que distinguiera al Guadalajara en la recién nacida Liga Mayor. La primera víctima de esa política fue el propio Jean Dubois, mediocampista francés que había marcado el primer gol oficial del estadio Parque Oro. Lo echaron con una carta escrita en español correcto y frío: «Tu servicio ya no es requerido».
El 29 de agosto de 1943, Chivas inauguró su nueva era goleando 4-1 al Atlante. Los cuatro goles los marcaron mexicanos nacidos a menos de 200 kilómetros de Guadalajara. El periódico El Occidental tituló: «Vuelven los nuestros». Nadie recordó que el equipo que vencía era dirigido por un español exiliado, el técnico del Atlas.

El insulto que se volvió marca
El 30 de septiembre de 1948, El Informador publicó la crónica más cara de su historia: «Jugaron a las carreras y ganaron las 'Chivas' uno a cero». El redactor usó la palabra como sinónimo de desorden, de cabrito desbocado. Los hinchas del Atlas no desaprovecharon la burla y corearon «¡Chiiivas!» cada vez que un rojiblanco perdía el balón. La burla duró lo que tarda un país en adoptar su propio insulto. A los seis meses, la directiva del Guadalajara estampó una cabra en los programas de mano. La mascota vendía más que la camiseta.
Hoy, cuando la Selección Mexicana se enfrenta a Bélgica en Chicago, la ironía es demasiado obvia: el país que exportó al fundador del club más mexicano recibirá a un equipo que ya no puede fichar extranjeros. Edgar Everaert murió en Bruselas en 1948, el mismo año en que Guadalajara aceptó su apodo con orgullo. Su tumba lleva grabado un escudo que nunca vio: el de las Chivas Rayadas. La losa dice «Pionero del fútbol en México». No menciona que fue belga.